Julimar da Silva Bichara | Lunes 20 de abril de 2009
El Mercosur acaba de cumplir 18 años desde la firma del Tratado de Asunción, aunque solo empezó a funcionar de hecho, con los cuatro socios fundadores, a partir de 1 de enero de 2005. Por su efecto dinamizador en el comercio intra-regional, dicho Acuerdo de Integración Regional es el más exitoso de todos los que se han firmado entro los países latinoamericanos desde los años 60, cuando la estrategia de desarrollo estaba enmarcada en la búsqueda de superar las barreras a la industrialización que el tamaño del mercado implicaba para las relativamente pequeñas repúblicas centroamericanas y andinas. El Mercosur nace con otros objetivos y otras estrategias, se inserta en la lógica de la inserción internacional competitiva en un mundo cada vez más abierto a las transacciones internacionales. Es lo que la CEPAL llamó Regionalismo Abierto y el BID lo denominó Nuevo Regionalismo.
El Mercosur, en definitiva, debe ser entendido y analizado en la lógica de promoción internacional competitiva y, por los efectos positivos esperados en términos de expansión de las exportaciones y modernización de las estructuras productivas; también debe ser considerado como un instrumento añadido de promoción del desarrollo económico y social de los países socios. Sin embargo, en la actualidad dicho proceso de integración tiene una serie de deficiencias, a pesar de los avances experimentados en materia institucional, en la coordinación monetaria y en la introducción de instrumentos de cohesión social (como el Mercosur Social y el Fondo de Convergencia Estructural). Sus principales desafíos se traducen en la ampliación de la integración a toda América del Sur (la Unasur) y los efectos negativos que se pueden derivar de la crisis economía y financiera actual. Sin embargo, también ofrece oportunidades y puedes ser un instrumento adecuado de lucha en contra de los efectos negativos de dicha crisis.
El riesgo más importante es el retroceso en la integración, una vez que los efectos negativos de la crisis actual pueden generar presiones sociales internas a cada uno de los socios, en contra de los acuerdos de libre comercio intra-bloque. Este tipo de respuestas han sido frecuentes en la corta historia del Mercosur. Las sucesivas crisis cambiaras que afectaran a los países de la región a lo largo de la segunda mitas de los años 1990 e inicio del nuevo siglo han sido acompañadas de la imposición de barreras arancelarias y no arancelarias al comercio intra-Mercosur. Evidentemente, frente a la crisis, los países cambian sus prioridades y el proceso de integración pasa a ser una preocupación menor. Aunque, por otro lado, es una respuesta irracional desde el punto de vista socio-económico, puesto que genera ineficiencias y pérdidas de bienestar social. De esta forma, si la crisis alcanza proporciones mucho más negativas en los próximos meses, quizás asistiremos a episodios de “guerra comercial” entre los países del Mercosur.
Sin embargo, el fortalecimiento del bloque, con su posible ampliación a toda América del Sur, representa una oportunidad única de promoción de un nuevo dinamismo económico para la región, con raíces endógenas, independientes de las grandes economía capitalistas desarrolladas, a través del comercio intra-regional. Para ellos sería necesario avanzar en los acuerdos sectoriales y tecnológicos, de protección de la inversión extranjera directa intra-bloque y construir infraestructuras de comunicación y transporte más eficientes.
Brasil sabe de ello y así lo ha puesto de manifiesto en varias ocasiones el Presidente Lula da Silva, incluso a afirmado que quiere que el “Mercosur sea algo más que una unión fronteriza. Queremos que se transforme en un área de convergencia en el frente industrial, agrícola, socia y científico-tecnológico…”. En este sentido, los principales obstáculos a una mayor profundización del proceso de integración siguen siendo las asimetrías, lo que genera la necesidad de construir acuerdos que sean beneficioso para todos, transformando el Mercosur en un juego de suma positiva. Algunas medidas han sido tomadas en este sentido, siendo la más destacable la creación, en 2004, del Fondo de Convergencia Estructural, dotado en la actualidad con 125 millones de dólares anuales, con una aportación del 70% de Brasil, 27% de Argentina, 2% de Uruguay y 1% de Paraguay, para programas de desarrollo de las zonas menos favorecidas.
El Mercosur, o su ampliación a la Unasur, se constituye en un poderoso instrumento para ayudar a los países de la región a combatir los efectos negativos de la actual crisis económica internacional. Los gobernantes actuales no pueden obviar este factor y, por lo tanto, deben intentar evitar cualquier retroceso provocado por reacciones proteccionistas. La crisis ofrece una oportunidad única para fortalecer el Mercosur y los lazos de integración regional en Sudamérica, incrementando, además, el potencial de desarrollo socioeconómico y de inserción económica internacional competitiva.
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