Opinión

Nuestras raíces

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 24 de abril de 2009
Hasta finales del siglo XVIII la intelectualidad europea y, por ende, también del mundo, pensaba que los hombres y el mundo deberían tener una edad de 7200 años, y aunque la explosión científica de los siglos XIX y XX retrotrajo nuestras raíces y las del mundo a abismos cuantificados en millones de años ( las del mundo en miles de millones de años ), a niveles prácticos, sin embargo, la humanidad reflexiona con ella misma en los márgenes de la misma franja de tiempo con que lo hacía antes del siglo XVIII. Nuestras raíces no vienen de otros paisajes, la humanidad vive en el mismo paisaje que su primeros padres, algo así como si el ser hombre naciese con la escritura y los primeros dibujos. Y es que quizás no es ya que seamos hijos de la acción ( Goethe ) o del Verbo ( San Juan ), sino de la propia corriente del texto de la escritura humana. En esto la semiótica marxista ( Julia Kristeva y su ideologema ) coincide por completo con la cronología del devoto historiador cristiano y agustiniano Orosio.

El día del libro es el día del homo sapiens sapiens, en tanto que “anagnôstês” y “scriptor”.

Los libros en la Antigüedad eran verdaderas joyas. El lujo de la decoración y encuadernación de los Libros de la Iglesia hacía exclamar a San Jerónimo: “Se tiñen de púrpura los pergaminos, se les cubre de letras de oro, se adornan los libros con piedras preciosas, y los pobres mueren de frío en las puertas de los templos”. Hoy hay pobres que siguen muriendo de frío en los bancos de los parques municipales, pero sin embargo hay gentes que tiran en los contenedores o puntos limpios ingentes cantidades de libros porque se han cambiado de casa, porque cambian la decoración del despacho o la consulta, o porque se han comprado un nuevo aparador, o han hecho reformas en la casa. Siempre se progresa.

Los manuscritos originales de la Antigüedad alcanzaban grandes precios. Aulo Gelio refiere que Platón pagó 10.000 denarios, que le dio Dioniso, por tres libros del filósofo pitagórico Filolao. Aristóteles pagó tres talentos ( 60.000 euros ) por algunos libros compustos por el sobrino de Platón, el filósofo Speusipo, a la muerte de éste.

La profesión de copista entre los hebreos era al mismo tiempo la de comentarista de las Sagradas Escrituras, pues a éstas sometían sus estudios. El título de copista era una distinción y se les llamaba sabios intérpretes de la Sagrada Escritura. Entre los romanos el trabajo de transcribir los manuscritos estaba reservado a los esclavos y los que servían para esta profesión adquirían gran precio, era un lujo que sólo se permitían los más ricos, haciendo alarde de su cultura y de su bienestar. Debido al elevado precio que alcanzaban los esclavos-copistas, se hacía la especulación de instruirlos desde niños. Pomponio Ático, librero-editor, amigo desleal de Cicerón, tenía en gran cantidad hábiles lectores y copistas; hasta sus criados domésticos se hallaban en condiciones de hacerlo en caso de necesidad. Estos esclavos letrados eran tratados con más consideración que los otros y cuidados como cosa de precio; existían también otros copistas profesionales, libertos y extranjeros, casi todos griegos. También había en Roma sabias mujeres copistas, como lo prueba una inscripción latina. En el año 231, cuando el teólogo Orígenes emprendió la interpretación del Antiguo Testamento, abusando, por cierto, del método alegórico, San Ambrosio le envió diáconos y mujeres prácticas en la escritura. A finales del siglo V, San Cesáreo fundó en Arlés un convento de religiosas, a las que obligaba a copiar libros en horas señaladas. No es extraño entonces que la gente hoy no lea. ¿Cómo se van a comparar un CD, un pendrive o el papel expulsado por una impresora con la preciosa letra viva de aquellas “virgines delicatae” en cuyos rasgos de escritura latían sus propios corazones desbordados de juventud y amor?

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