Reyes de Gregorio | Sábado 16 de febrero de 2008
Rabat está fuera del circuito turístico más habitual para quién visite Marruecos por primera vez pero resulta algo misterioso. Es una ciudad jardín donde la luz del atlántico te sosiega y te invade a un mismo tiempo.
La ciudad de Rabat es para mí sinónimo de calma. En Rabat nunca me he sentido del todo extranjera. He recorrido la ciudad de Norte a Sur, de Este a Oeste, disfrutando del bullicio de sus calles. He tomado el delicioso té con hierbabuena en el Café Maure en Oudaïa, uno de los lugares más agradables para estar horas contemplando el mar y la ciudad de Sale en la orilla inmediata y donde puedes imaginar la inmensa flota que cobijaba la ciudad, protegida de los piratas. He paseado por el Jardín Andaluz, sintiéndome en realidad en casa. He disfrutado de su puesta de sol desde la plataforma de señales. He paseado tranquila por la kasba pintada de blanco y añil como en un sueño y me he perdido más de una vez por las estrechas callejuelas de su medina. He pasado horas sentada al pie de la Torre Hassan y he contemplado el valle del Bou Regreg desde Chellah, rodeada de ruinas romanas y donde he envidiado a Chams el-Doha . He visto a las anguilas sagradas de su fuente y a las cigüeñas alojadas en la cumbre de los viejos alminares. Fue allí donde me rociaron de agua de rosas y me unieron eternamente a esta ciudad en una aleación de oro y platino.
Tienen más turismo Túnez, Marrakech, Fez pero Rabat es Rabat y capital de su Reino.
A veces se cubre Madrid de un incomodo aire que dicen africano. No puede venir de Rabat, donde la luz es transparente y blanca. Yo miro muchas veces hacia el sur, más allá del estrecho que apenas nos separa y me alegra muchísimo sentirme cerca.
TEMAS RELACIONADOS: