Luis María ANSON | Martes 28 de abril de 2009
No es sólo el pasto de la prensa del corazón. Hay algo mucho más profundo en esa tendencia permanente del homo hispanus para dividir en dos las cosas, blanco y negro, sin grises intermedios. Desde Indíbil y Mandonio, los españoles se han pirrado por defender a ultranza a una persona sólo por fastidiar a sus amigos que defendían a la otra.
¿Contra quién va el elogio?, se preguntaba sagazmente Miguel de Unamuno. Es la historia de Machaquito y Bombita, de los ilergertes y los ausetanos, de Aparicio y Litri, de la duquesa Cayetana y la reina María Luisa, de Joselito y Belmonte, de Di Stéfano y Kubala, de Zapatero y Aznar, del Cid y Alfonso VI. Me acuerdo que estuve en una fiesta en Sevilla a la que acudieron Jacqueline Kennedy y la princesa Grace. A los pocos minutos la gente se había dividido entusiasta entre la gentil americana, no recuerdo si ya casada con Onasis, y la actriz también americana convertida en soberana de un principado de opereta.
Letizia Ortiz le ha ganado la partida en esta ocasión a Carla Bruni. Al menos en el ánimo popular. Los ciudadanos, las ciudadanas, se sienten orgullosos del buen estilo de su princesa, de su elegancia y de su belleza. Carla Bruni, a la que acompañaba, según parece, su esposo, dejó el pabellón italo-francés muy alto pero sólo derrotó a la Princesa de Asturias por el trasero y, tal vez, la mirada. En todo lo demás, Letizia, la periodista, se barrió a Carla, la modelo y cantante, entre el regocijo de la televisión del corazón. Un fenómeno sociológico, en fin, que hunde sus raíces en la historia de España y en el ser del español y que fue estudiado también en dicotomía extrema por Sánchez-Albornoz y Américo Castro.
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