Sábado 16 de febrero de 2008
Sobre la independencia de Kosovo ha habido estos días multitud de reacciones. Aparte del territorio en cuestión, se han permitido opinar, entre otros, Serbia, directamente afectada; Rusia, su principal aliada, y la Unión Europea. Dentro de esta última, también España ha adoptado una postura, aunque cuesta definirla con precisión. Y ser claros en este tema es crucial. También hay que hilar muy fino. Máxime cuando lo que subyace de fondo es un problema eminentemente nacionalista. Y con las implicaciones que ello acarrea, sobre todo aquí.
Todo lo que ocurre en los Balcanes es foco de una permanente atención. Aún está reciente la desmembración en los años 90 de la antigua Yugoslavia. Fueron aquéllos unos sucesos terribles, marcados por una violencia y crueldad inusitadas. El caldo de cultivo, un odio exacerbado que llevaba años latente, y que acabó estallando. Tanto es así que incluso se acuñó un nuevo término, "balcanización", para referirse a procesos de secesión sumamente violentos.
Así las cosas, no es de extrañar que desde la Unión Europea se esté muy pendiente del asunto kosovar. Y las aspiraciones españolas de tener un papel importante en política internacional parecen verse defraudadas. Da la impresión de que no estamos "en el corazón de Europa", por más que le duela a Zapatero. Por un lado, Moratinos afirma que "haremos todo lo necesario para garantizar y mejorar la situación de estabilidad y seguridad en Kosovo y en toda la zona de los Balcanes". Por otro, José Bono, en su calidad de ex ministro de Defensa, se ha mostrado contrario a mandar tropas españolas allí "si finalmente se declara la independencia”. Y entre tanto, el "no es lo mismo" que venía a decir María Teresa Fernández de la Vega, en respuesta a las declaraciones de Putin. El "premier" ruso se quejó de la "política de doble rasero" de la Unión Europea con respecto a Kosovo. Y como ejemplo, citó a España, país en el que "la gente no quiere vivir en un solo Estado".
Deberíamos ser más fuertes, importantes, y sin embargo no lo somos. En clave internacional, el ejemplo de Kosovo, asunto sobre el cual la posición española no ha acabado de estar clara, es ciertamente revelador. Y ya a nivel interno, pero sin dejar de lado la perspectiva exterior, el Gobierno ha mirado hacia otro lado en todo lo relativo al nacionalismo, auténtico germen de un problema que traspasa fronteras en la vieja Europa. Una constante en la política de Zapatero, supeditado a ellos más de lo deseable. Y conviene tener presente lo que un problema de tintes nacionalistas puede ocasionar.
CUBA DURA
El ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, ha confirmado que el Gobierno cubano liberará en breve a siete presos políticos. Posteriormente, cuatro de estos siete disidentes viajarán a España con sus familias, según ha informado el ministro español. Por último, Moratinos afirmó que ésta ha sido una decisión unilateral del gobierno de La Habana, resaltando que "se trata de una buena noticia", que confirmaría que con "el diálogo y la corresponsabilidad se puede avanzar" en la política internacional.
En qué quedamos. Si alguien toma una decisión unilateral, se entiende que lo hace por sí mismo, sin necesidad de diálogos y corresponsabilidades. Esto segundo se produce cuando hay decisiones compartidas: en el marco político, dos gobiernos dialogan acerca de un tema concreto y adoptan una postura conjunta, haciéndose ambos responsables de la decisión en cuestión. Por lo tanto, si en la liberación de los presos cubanos han sido decisivas las gestiones diplomáticas españolas, dígase. Todo lo que sea en pro de obtener la libertad de personas cuyo único delito ha sido opinar (lo cual es harto arriesgado en una dictadura totalitaria), bienvenido sea. Y si es así, los esfuerzos de Moratinos son dignos de aplauso. Pero hablar de unilateralidad da a entender que nadie, salvo el propio gobierno cubano, ha de apuntarse el tanto.
Y no podemos olvidar que, en Cuba, la democracia brilla por su ausencia. Dentro de la relaciones de hermandad entre España y Latinoamérica, Cuba siempre ha ocupado un lugar especial. Por su historia, su cultura y sobre todo, por sus gentes. Pero ello no es óbice para la condescendencia con un régimen que no respeta los derechos humanos y donde el margen de libertades públicas es ciertamente inexistente. El pueblo cubano se ha ganado a pulso toda simpatía que se le dispense, no así su régimen. Por mucho que desde un amplio sector de la izquierda española se intente en ocasiones justificar lo injustificable. Y es que resulta de un ingenuidad manifiesta pensar que "algo se mueve en Cuba". Desde la óptica totalitaria que supone perpetuarse en el poder sin concesión alguna, el régimen de Fidel no ha cometido el mismo "error" que cometiera Franco a finales de los 50: tímidas medidas aperturistas. Mantener relaciones económicas con Cuba y fomentar el diálogo con la disidencia de dentro y fuera es un buen punto de partida. No lo es congraciarse con un régimen totalitario y hacer desplantes a la disidencia cubana.
TIMOR ORIENTAL, LA INESTABILIDAD QUE NO CESA
Estos días, el joven estado de Timor Oriental ha vuelto a adquirir protagonismo en la escena política internacional. Y, como viene siendo habitual en su breve historia, para nada bueno. El motivo ha sido el intento de asesinato de las dos figuras políticas más representativas de la isla: el presidente de la República y ex Nobel de la Paz, José Ramos Horta y el primer ministro, Xanana Gusmao. Ambos resultaron heridos de diversa consideración, aunque no se teme por su vida. La acción fue perpetrada por milicias independentistas, detrás de las cuales se atisba la larga sombra del ejército indonesio.
Este pequeño país del sudeste asiático, fundado en el año 2002 tras su independencia de Indonesia, no ha acabado de conseguir un mínimo de estabilidad política. Recientemente, su parlamento ha aprobado prorrogar el estado de excepción hasta el próximo 23 de febrero, una medida que pretende reconducir la actual situación de crisis que vive el país. Visto desde Occidente, Timor está muy lejos. Situado geográficamente entre Indonesia y Australia, se halla en lo que denominaríamos nuestras antípodas. Es precisamente Australia quien lidera el contingente de paz que vela por la seguridad de la isla actualmente, y quien asume el rol de gendarme del Pacífico.
Sirve el ejemplo de Timor como referente de un drama al que no se presta la debida atención. Una pequeña isla en los Mares del Sur, con escasa relevancia en todos los sentidos y cuya mayor riqueza es el sándalo, no parece digna de merecer la atención de la comunidad internacional. Está muy lejos, no hay petróleo y tampoco parece suscitar demasiados intereses, salvo los de la vecina Indonesia. En un mundo donde eso que llaman globalización avanza a pasos agigantados, deberíamos estar más pendientes de aquellos lugares donde se produzcan focos de violencia incontrolada. Estén donde estén, y haya o no petróleo. A fin de cuentas, viven personas allí. Y merecen la oportunidad de una vida en paz.
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