Enrique Aguilar | Miércoles 29 de abril de 2009
Escribo estas líneas recién llegado a Concepción, Chile, adonde me encuentro en virtud de una breve estancia académica, invitado por la Universidad de San Sebastián. La lejanía y el hecho de enfrentarme a una audiencia desconocida me crean cierta ansiedad a la que deberé sobreponerme. Lo lograré, probablemente, gracias a la circunstancia propicia que, por lo general, el trato con estudiantes y colegas nos depara para el diálogo civilizado y el intercambio de las ideas.
La predisposición al diálogo es signo de apertura mental, afán de colaboración y conocimiento. Es conciencia de las propias limitaciones y aceptación de la diversidad; política de inclusión, voluntad de convivencia, la empatía, en suma, que es menester aprender a construir y a construirse. Faltos de esta voluntad, los hombres se debaten en un individualismo estrecho. Monopolizan el uso de la palabra o se resisten a escuchar y conversar. Una u otra son formas de insociabilidad, el revés de nuestra condición humana.
Es cierto que, como escribió hace poco Beatriz Sarlo, una confianza ciega en el diálogo “desafía todo realismo”. A veces, en efecto, el diálogo no concilia posiciones; por eso, “en las instituciones de la República se establece la votación”. Y, sin embargo, entre la conciliación de las posiciones y la violencia verbal o de la otra, el diálogo nos preserva del odio y de la disensión radical, versión extrema de la discordia.
En pleno debate electoral, cuando vemos a tantos políticos argentinos pasar del monólogo a la descalificación dejando a mitad de camino el diálogo y hasta la posibilidad misma de refutar al contrincante desde la previa consideración de sus argumentos, me pareció oportuna esta reflexión que, desde este Chile acogedor, va hecha sin desazón y quizá, en razón de la distancia, con una dosis de optimismo.
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