Antonio Hualde | Miércoles 29 de abril de 2009
Aquel poema de Eduardo Marquina titulado “En Flandes se ha puesto el sol” se hizo realidad el 1898, donde el ocaso el imperio español fue total. Cuba y Filipinas pusieron el colofón a una gloriosa andadura de la que apenas quedan restos. Fue precisamente en Filipinas donde se produjo uno de los mayores actos de heroicidad y nobleza de la historia de España. Lo protagonizó un puñado de hombres al mando del capitán Enrique de las Morenas, más conocidos como “Los últimos de Filipinas”.
Baler es una pequeña aldea cercana a Manila. Rodeada de montañas y un río, sus comunicaciones, tanto terrestres como marítimas, eran muy difíciles. Una iglesia, la casa del gobernador y barracones para la tropa, además de las viviendas de los nativos componían el único rastro de civilización por aquellos parajes. En consonancia, la guarnición de Baler estaba formada únicamente por un cabo y cuatro guardias civiles. Pero ante los insistentes rumores de un ataque insurgente, el gobernador decidió reforzarla con un destacamento de 50 hombres. Ante la inminencia de dicho ataque -todos los nativos habían huido ya-, el capitán español decide parapetarse en la iglesia, haciendo acopio en ella de todos los pertrechos que logra reunir: municiones, ropa y algunos barriles de arroz. Era el 1 de julio de 1898.
A partir de aquella fecha, los soldados españoles sufrirían un durísimo asedio por parte de los rebeldes filipinos, durante el que no faltaron anécdotas al más puro estilo caballeresco, impensables hoy en día. Como cuando el oficial al mando de las tropas sitiadoras envió una carta en la que ofrecía una suspensión de las hostilidades hasta la caída de la noche para que las tropas, escasas de provisiones, pudieran tomarse un receso. La carta, sumamente cortés, iba acompañada de un paquete de cigarrillos para el capitán y unos detalles para los soldados. La guarnición española aceptó de buen grado el ofrecimiento y, en prueba de hidalguía, obsequió al oficial enemigo con una botella de brandy para que la bebiera a su salud.
Fueron once largos meses en los que ni las enfermedades ni las privaciones hicieron mella en unos hombres cuyos ideales estaban muy por encima de ellos mismos. Las llamadas a capitular por parte de los filipinos cayeron siempre en saco roto. Ni siquiera cuando el teniente coronel Aguilar les hizo saber en persona que España había entregado la plaza desfalleció su ánimo. La rendición, emulando a los Tercios Viejos, no entraba en su vocabulario. Hasta que el capitán De las Morenas, hojeando uno de los periódicos que los sitiadores les habían hecho llegar, cayó en la cuenta de que lo que Aguilar le decía era verdad. Así las cosas, hizo saber a su homólogo filipino que deponían las armas, pero pedía a cambio que les permitiesen abandonar la iglesia en formación militar. Con lo que no contaban los españoles era que, al salir, las tropas enemigas estaban formadas rindiendo honores a aquel puñado de valientes. El propio presidente filipino de entonces, Emilio Aguinaldo, dejó escrito que “habiéndose hecho acreedoras a la admiración del mundo las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por su valor, constancia y heroísmo, vengo a disponer que los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario, como nobles y leales amigos”. Sobrevivieron 33. Todos ellos héroes.
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