José María García-Luján | Jueves 30 de abril de 2009
Dejemos la economía, la política y hasta las leyes por un rato y hablemos de teatro. Ahora que estamos viviendo una época dorada del teatro en España y, de forma muy particular, en Madrid, al menos en cuanto a público, unas pequeñas y modestas reflexiones sobre tan sublime arte y su implicación en la sociedad.
Dice Ansón que hay más espectadores de teatro en Madrid que de fútbol y aunque esto parece, en principio, propio de la fábula o la metáfora bienintencionada, después de unas atinadas operaciones aritméticas de número de salas, de obras en cartel, de espectadores por función y de días de representación tenemos que llegar, con él, a la conclusión de que, en efecto, se baten los setenta mil espectadores semanales con que, fielmente, cuenta el fútbol. Lo cierto es que existe una comunión –o maridaje en términos enológicos- entre cartelera y espectadores de la que no se tenían noticias desde hace muchas décadas.
Todo sabio antropólogo social concluye que ahora con la crisis (¡vaya! ya salió) la gente busca expansiones del espíritu asequibles a la pertrecha economía y ahí se encuentra el teatro.
Yo soy más optimista y pienso que lo que ocurre es que hemos alcanzado un grado más de civilización y de cultura y no encontrando plena satisfacción en cine ni en televisión gira su atención al teatro. Lo indudable es que el teatro representa comunicación, de la buena, y a varios niveles. Comunica el autor que plasma en su obra una porción de su alma y de su intelecto a modo de mensaje para un espectador anónimo que, deseoso, recibe su envío. También comunica el director del montaje cuando toma el libreto del autor y lo contextualiza: le da escenografía, registro, luces, decorados, ritmo y esencia. Y comunica, por fin, y sobre todo, el actor que presta su cuerpo, su voz, sus gestos y su personalidad a un ser ficticio que aguarda anhelante su corporeidad.
Si profundizamos algo más, escarbando en el entrelineado de las causas y sus razones podemos encontrar que también comunica la propia sociedad en su conjunto cuando forma una corriente de opinión, en torno a un desasosiego, o a un temor, o a un anhelo y lo hace tema de actualidad del que necesariamente ha de beber el autor que escribe una obra. Así se comprenden las corrientes, a favor o en contra, de temas de debate o de reflexión y que determinan la fotografía de una generación. Ahora, a pocos interesan la política y la lucha social, pero es difícil no encontrar algo de internet, de pederastia, de desesperanza, de miedo a la violencia, de desánimo ante la corrupción y de otras materias que, al fin y a la postre, conforman nuestros presentes sueños y pesadillas. Y la más impactante fórmula de entrada sigue siendo, desde hace muchos siglos, el Teatro.
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