Víctor Morales Lezcano | Viernes 01 de mayo de 2009
La información traslada acontecimientos de envergadura desigual para los destinatarios a que aquélla se dirige.
Pues bien, en la entrega a El Imparcial del 24 de abril, comentábamos -informábamos- sobre el fenómeno cíclico de las protestas de la juventud universitaria en Marruecos por algunas causas convergentes. En el fondo de ellas subyace la maladie du síècle, un siglo joven, pero aquejado de sus propios inconvenientes.
En Marruecos, también, los síntomas de descontento social están latentes, agazapados bajo la capa del conservadurismo que se atribuye al pueblo de Marruecos, espoleado en los últimos diez-doce años por un crecimiento del desarrollo material del género de do as the Smith’s. Una de las manifestaciones más rotundas de descontento -y desconcierto- social que se haya visto en las calles y carreteras, en los mercados de abastecimiento y en los almacenes en general, ha sido motivada por la huelga del transporte a escala nacional.
Según el ministro del ramo, Karim Ghellab, “el Gobierno está decidido a mantener el proyecto de código (de la circulación) para defender el derecho a la vida de los ciudadanos, así como su derecho a poder viajar sin arriesgarse a ser víctimas de accidentes en carretera”.
A lo largo del mes de abril, Ghellab ha tenido ciertamente que enfrentarse a unos sindicatos “equívocos” en su posicionamiento, a un presidente del gobierno de talante “avestrucista” -o sea, que rehuye enfrentarse a la realidad- y a unos sectores del mundo laboral obstinados, “y firmes en sus trece”.
Al amparo del duelo entre las partes encontradas, especuladores de toda suerte han aprovechado el conflicto para engrosar sus bolsas en una espiral de precios vertiginosa, recurriendo a la escasez para cabalgar a rienda suelta en el mercado.
Si es cierto que el derecho a la huelga y su implantación en Marruecos habla favorablemente del avance social registrado últimamente en un país atenazado, no es menos cierto que ha habido en esta ocasión -a lo que parece- afán de desquite en unos, apetito de lucro descarnado en otros, titubeo entre sindicalistas señalados y atonía en el gobierno del Reino.
A pesar de los fastos que se preparan para celebrar el décimo aniversario de la entronización de Mohamed VI (1999-2009), a nadie que conozca Marruecos se le puede escapar la aparición frecuente del síndrome de contradictoriedad aguda -y no reconocida, que sería al final lo peor- que aqueja al país vecino. No soy el primero en señalarlo, ni seré el último.
Contentarse con afirmar que este “episodio” no hará verano”, o bien considerar el frontal encontronazo entre los agentes -mundo obrero y patronal-gobierno- como si fueran los primeros cañonazos que preceden a la toma del Palacio de Invierno, constituye unas posturas de intención extremista que deforman la realidad de los hechos. È pure si muove.
Veremos qué sucede, o no, en estos meses venideros -antes y poco después de las elecciones locales del mes de junio-.
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