Martín-Miguel Rubio Esteban | Domingo 03 de mayo de 2009
A la sabia y generosa profesora bávara María Turner
Tras subir los 210 escalones de la Iglesia de San Pedro y contemplar desde allí la hermosa panorámica de Munich con un amigo polaco, uno parece mejor entender a Europa, y de ese modo amarla con mayor sutileza. Es evidente que pongo la preposición “a” porque quiero personificar al Continente. La hermosa tierra de Ludwig II, muerto en extrañas y misteriosas circunstancias golpistas, con cooporación médica, es hoy no sólo el centro geopolítico de Europa – siempre lo fue – sino también su corazón. La Iglesia católica bávara levanta todos los años en las distintas parroquias los árboles del 1 de Mayo, bendecidos con buena cerveza, y bajo cuyas copas engalanadas los distintos oficios del trabajo que componen la comunidad cristiana cantan, bailan, beben y comen, confiriendo a la vieja ceremonia de claras raíces indoeuropeas un sentido de fraternidad y armonía que huele mucho a espíritu alemán. Diríase que la mejor forma de conseguir la carta de ciudadanía en Baviera es demostrar que se tiene habilidades sociales para convivir afectuosamente con los demás. En cervezerías como la de Sofbräuhau, de München, se muestra la hermosa pureza del alma antigua de Baviera, en donde las herramientas del trabajo se transforman en instrumentos de música e inocente alegría. Un pueblo que de las herramientas del trabajo hace utensilios con los que fabricar el júbilo tiene despejado su futuro. Además de entenderse mejor la sutileza tecnológica de un coche como el BMW.
La sabiduría política de este pueblo pacífico y optimista, lleno de campestre y beatífico regocijo, emana de sus cuentos populares, cuya máxima expresión sin duda se asienta en las colecciones de cuentos de los Hermanos Grimm, de los que transciende una sabia pedagogía apta para ser magníficamente representada en el precioso teatro de marionetas de Augsburg, Augsburger Puppenkiste. Nos parece inconcebible que en estas mismas tierras amables, frescas con los espectaculares glaciares alpinos, gigantesco baldaquino wagneriano sobre el Königsschloss Neusschwanstein, esté asentado Dachau, en donde se holló sin piedad la blancura de los lirios y el inmaculado corazón de las rosas alpinas. Pero también la excepción de la Inquisición española llegó a estar localizada y ser vecina de los lugares más alegres y hermosos de España. Son excepciones horribles que no pueden definir a los pueblos. La verdadera ética tradicional y esencial de Baviera, medular, la han aportado hombres santos como Bertolt Brecht, cuyo Kalender Geschichten es una obrita insoslayable para explicar la hipersensibilidad ética y moral del genial augsburgués, el creador del Verfremdung effect.
Y aunque la pisada del diablo ( pie con espolón ofídico ) se encuentre en la entrada de la Iglesia de las Damas de München, a poca distancia, en la asombrosa y “fantástica” plaza del Ayuntamiento se yergue todopoderosa la estatua dorada y gentil de La Inmaculada, que conculcará siempre la retorcida cabeza de la bestia en la Europa alegre y confiada.
Baviera es un pedazo de crema de Europa.
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