Opinión

El reto de los talibanes para Pakistán

Domingo 03 de mayo de 2009
En septiembre de 2008 el viudo de Benazir Bhutto, Assif Alí Zardari, ganaba las elecciones en Pakistán. Se daba así el curioso caso de un matrimonio cuyos cónyuges han llevado los designios de un país por separado y en distintas etapas (también puede decirse lo mismo de los Kirchner en Argentina aunque, por fortuna para ellos, aún viven los dos). Ello fue posible gracias a que Pakistán es una democracia. Manifiestamente mejorable, ciertamente, y con territorios (los fronterizos con Afganistán) bajo la peligrosa influencia talibán. De hecho, el ejército pakistaní combate en aquella zona contra milicias talibanes, integradas en muchos casos por pakistaníes. Este fin de semana se han seguido registrando escaramuzas en el valle del Swat, bastión de la insurgencia islámica.


Alí Zardari se juega mucho en estas incursiones. Pero no sólo en el plano estrictamente militar: también en el religioso y, por ende, en el funcionamiento de la administración civil, dada la influencia del anterior. De hecho, los talibanes pretenden instaurar la “sharia” en su zona de influencia y, si pudieran, en todo Pakistán. . Lapidaciones de mujeres adúlteras, mutilaciones a quienes se hallase culpables de robo, castigos corporales por nimiedades y, fundamentalmente, la alienación de la mujer como ser humano son sólo algunos de los “progresos” que los talibanes afganos infligieron bajo su gobierno, y ahora pretenden hacer lo mismo en el país vecino.


Se siguen viendo mujeres vestidas con “burka” pero, afortunadamente, hoy en Afganistán la democracia intenta abrirse paso con la ayuda de la comunidad internacional y ello hace posible cosas que hace años eran impensables. Como que una niña pudiese asistir a la escuela. O que una joven descubriese su rostro sin temor a ser lapidada. O incluso que una mujer, por el hecho de serlo, tenga derecho a asistencia médica. Cuestiones todas ellas obvias en las sociedades desarrolladas, Pakistán incluido. Zardari sabe esto, pero es también consciente del hecho irrefutable de que los talibanes siempre han gozado de una cierta comprensión dentro del mundo islámico. En sus manos está mantenerse fiel a sus tradiciones sin renunciar a Occidente, como hizo Musharraf, o ceder a la presión islamista que le amenaza desde su propio país. Bien es verdad que su papel es complicado, pero es que no sólo está en juego la estabilidad de Pakistán, sino la de gran parte del mundo.