Román Cendoya | Lunes 04 de mayo de 2009
Las manifestaciones del 1º de Mayo han puesto en evidencia la calaña totalitaria de la que están hechos los sindicatos españoles. Sólo desde su configuración como sindicatos amarillos y verticales se entienden las consignas y los discursos difundidos en sus extemporáneas manifestaciones, que cada vez se parecen más a aquellas demostraciones cultural deportivas que los sindicatos franquistas hacían ante el dictador. Con escenificación diferente el final es el mismo. Los sindicatos hacen una paella popular en hermandad con el Ministro de Trabajo. Corbacho convertido en una especie de José Antonio Girón de Velasco. O Leyre Pajín, la responsable del PSOE, se manifiesta con sus obreros convirtiendo la manifestación en todo lo contrario a lo que se entiende por una reivindicación. Esa connivencia es propia de las farsas que montaba el movimiento.
El Gobierno se ha entregado de pies y manos a UGT y a CC.OO. Los sindicatos han decidido aprovechar esta situación y arremeter contra la soberanía popular. Golpistas en potencia se permiten el lujo de amenazar al Congreso de los Diputados si a éste se le ocurre aprobar cualquier medida orientada a la flexibilización y modernización del mercado laboral.
Los sindicatos más pequeños de la historia democrática de España tienen secuestrado al Gobierno y ahora quieren neutralizar el poder del pueblo español con la amenaza de huelga general y movilizaciones. ¿Quién ha elegido a esos vividores de la subvención? ¿Qué representación tienen respecto a la soberanía popular expresada mediante sufragio universal en votación secreta? ¿El precio de tener un Presidente incapaz, no preparado para el desamor, es que nos gobiernen estos vividores de la subvención disfrazados de trabajadores?
Ya sé que no va a suceder, pero la mesa del Congreso debería hacer una declaración formal contra los sindicatos por la amenaza que éstos han vertido contra la soberanía popular. Lo malo es que ningún partido tendrá lo que hay que tener para defender la independencia del poder legislativo. La tolerancia, lo políticamente correcto y la debilidad ideológica que caracteriza a nuestra clase política permiten que intolerantes como los sindicatos no encuentren la respuesta que se merecen. Un error que pagaremos todos en el futuro.
Hay que ver lo que hemos visto para creerlo. Este 1º de Mayo podía haber sido un día de disturbios y barricadas. Algo lógico en un país que destruye más de tres mil puestos de trabajo al día. Habría sido lo normal en un país con más de cuatro millones de parados y al que todos los indicadores auguran una crisis con cifras desconocidas de retroceso y con un paro que va a seguir creciendo hasta los cinco millones de personas sin futuro. Pero nada de eso ha pasado porque los sindicatos y el Gobierno han establecido una unidad de destino en lo universal. Ese destino tan franquista se establece sobre la base de que el Gobierno les paga lo que haga falta, no modifica ninguna ley que les haga perder privilegios y los sindicatos le dicen a Zapatero qué guapo es, qué Ministros más simpáticos tiene y no le montan una huelga general. Y mientras, la pandemia del paro sigue causando bajas para las que no hay tratamiento posible. Quién nos iba a decir que tanta historia de lucha sólo ha servido para que el fútbol siga siendo el opio del pueblo y los sindicatos sean franquistas.
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