La gira suramericana que realizó en los pasados días el ex mandatario estadounidense Jimmy Carter, la cual lo llevó por Perú, Bolivia, Ecuador y Brasil, deja entrever que el peso de los años no ha logrado amilanar su deseo de continuar velando por las democracias latinoamericanas.
Casi han pasado treinta años desde que Jimmy Carter dejó el despacho Oval de la Casa Blanca tras un mandato agridulce, marcado por una dura recesión que minó la economía norteamericana a finales de la década de los setenta, y por una política exterior que será recordada por los acuerdos de paz de Camp David de 1978, el tratado Torrijos-Carter sobre el Canal de Panamá, o la crisis de los rehenes en Irán en 1979.
A pesar de ello, el trigésimo noveno presidente de los Estados Unidos ha trascendido más como emisario de la democracia en los países del tercer mundo que como estadista.
Desde que fundó junto a su esposa Rosalynn, el Centro Carter en 1982, el ex mandatario ha cogido el impulso necesario para poner marcha las iniciativas políticas y humanitarias que no pudo llevar a cabo como Jefe de Estado. Su incesante periplo a lo largo de veinte años por 28 países en vías de desarrollo para presenciar un total de 72 procesos electorales en calidad de observador, le ha otorgado tales niveles de credibilidad dentro de la comunidad mundial, que su labor ha sido reconocida con numerosos palmares y condecoraciones de gran envergadura internacional como el Premio Nobel de la Paz 2002.
Si bien Jimmy Carter ha buscado con su institución, la reivindicación de la democracia y el Estado de Derecho en las regiones más vulnerables a sucumbir a las autocracias y a la violación de los Derechos Humanos; no se puede obviar que la imagen de esta figura pública no está exenta de ser objeto de debate, debido a que en el pasado respaldó la revolución sandinista que derrocó al régimen de Somoza, en apoyo a lo que él consideró el surgimiento de nuevas democracias en América Latina; mientras recibía al dictador chileno Augusto Pinochet. Asimismo, se le cuestionó la pasividad que demostró ante las irregularidades denunciadas en el referéndum presidencial que tuvo lugar en Venezuela en 2004.
Sin embargo, tales contradicciones no han sido obstáculos para que Jimmy Carter lleve a cabo su misión mediadora, a través de una fundación que pretende velar por la institucionalidad democrática sin interferir con la soberanía del conjunto de países que observan, dentro de los que se encuentran un importante número de estados latinoamericanos.
Una postura que puede ser acusada por algunas organizaciones civiles y no gubernamentales, de excesiva cautela, sobre todo si se trata de gobiernos cuyos mandatarios corren el riesgo de manipular las herramientas de la democracia para perpetuarse en el poder. Un fenómeno que se ha ido extendiendo por Suramérica y que podría salpicar algunos países centroamericanos, bien por medio de la vía de la reforma constitucional, como ha ocurrido en Venezuela, Ecuador, Bolivia y probablemente en Colombia; o aplicando las denominadas democracia de “caudillo”, representada en el matrimonio Kirchner-Fernández en Argentina.
Carter y Fidel Castro
Frente a esta tendencia cabe preguntarse hasta qué punto Jimmy Carter y su equipo pueden continuar al margen del nuevo modelo “democrático” que comienza a afincarse en el continente, ya que la democracia latinoamericana,-aquella que tanto protege el Centro Carter y la Organización de Estados Americanos (OEA)-, está atravesando por un momento tan delicado como complejo, porque cada vez son más los gobernantes regionales que prometen superar los dos mandatos.
Precisamente por el impecable papel que ha desempeñado el ex presidente Carter y el centro que preside como “guardián” de la democracia en los pueblos americanos, esta fundación arrastra la responsabilidad de observar atentamente, la evolución de una región cuyo contexto político actual, la hace peligrosamente susceptible a que sus gobiernos terminen por convertirse en regímenes.