Andrea Donofrio | Domingo 17 de febrero de 2008
La decisión de Veltroni de presentarse solo a las próximas elecciones italianas representa un severo golpe al pluripartidismo extremo de los últimos años y un paso hacia una bipolaridad menos imperfecto. En la atipicidad del sistema político italiano, el terremoto provocado por esta decisión abre el campo a un bipartidismo más parecido al de otras democracias occidentales (al modelo americano, vigente al fin y al cabo también en España). Dentro del mediocre bipartidismo italiano, la nueva competición electoral anuncia el cambio: se pasa de las coaliciones a conglomerados en polos, encarnando el deseo de los italianos.
Los analistas nacionales se alegran del "cambio bipardista" subestimando algunos problemas que esto conlleva: las adhesiones en las listas únicas no deben ser un mero expediente electoral; en este caso, acabadas las elecciones, los componentes se dispersarán, formando grupos parlamentarios cuya acción podría resultar paralizante por tantos pequeños partidos. En un ensayo de Norberto Bobbio de 1976, el politólogo italiano subraya que sería "ilusorio un bipartidismo en el cual existiesen dos partidos grandes, pero lejos de ser mayoritarios, y por lo tanto ninguno pudiese gobernar solo". Este escenario descrito por entonces parece posible para la Italia del futuro: los dos polos más votados alcanzarían el 70% de votos y por lo tanto necesitarían pactar para alcanzar la mayoría; además un voto "externo" a las dos fuerzas políticas resultaría paradójicamente "inútil". El bipartidismo correría el riesgo de ser no sólo imperfecto e ilusorio, sino sobre todo negativo, volviendo a proponer el tema de la creación de coaliciones.
Independientemente del resultado electoral, en la nueva legislatura la mayoría deberá presentar un programa claro y la disponibilidad a seguir las sugerencias de una oposición constructiva. Por su alta trascendencia, las reformas institucionales y constitucionales necesitarán la colaboración de todos los actores políticos: en primer lugar, el país necesita una nueva ley electoral, que anhele favorecer la gobernabilidad; de un programa económico anti-recesivo, que se preocupe de garantizar nuevas liberalizaciones, de la refinanciación de los salarios y del incremento de la competitividad de las empresas; de reformar los reglamentos parlamentarios y acabar con el infructuoso bicameralismo perfecto; de una reforma del sistema judicial, promoviendo eficiencia y rapidez; y por último la relación entre católicos y laicos, intentando reducir las injerencias y discutir el tema del aborto, nuevo banco de pruebas para un país a la "sombra del Vaticano". De tantas necesidades, hay que intentar hacer virtudes.
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