Opinión

EL VASA o cuando Suecia no era neutral

Isabel Sagüés | Viernes 08 de mayo de 2009
A Suecia se le asocia con Ikea, un alto nivel de vida y la familia real, y de acuerdo a los tópicos al uso, los suecos son ricos, guapos y neutrales. La mayoría de los estereotipos mencionados puede que no sean más que eso, pero la idea de la neutralidad, no. La de ser neutral ha sido una característica singular del país nórdico desde el siglo XIX. Lo fue durante las dos guerras mundiales, y lo siguió siendo en la guerra fría, y, pese a su pertenencia comunitaria, lo sigue siendo en la actualidad.

Pero Suecia no siempre ha sido rica y neutral. Más bien lo contrario. Pobre hasta finales del siglo XIX y belicosa durante unos cuantos lustros, y con afán expansionista y hegemonista durante el siglo XVII, cuando Suecia pasó de ser un país pequeño y pobre, un reino periférico del norte, un país de escasa influencia, a jugar un rol en la política continental, convirtiéndose entre 1621 y 1718 en una de las naciones más poderosas del mar Báltico. Fue entonces cuando emergió como una potencia europea: gracias a las conquistas territoriales en Rusia, Polonia y Lituania, y a su participación en la Guerra de los 30 años. En ese periodo, Suecia se convirtió en el líder continental del protestantismo hasta el colapso del Imperio en 1721.

En la isla Djurgarden, una de las más de cien que pueblan la bahía de Estocolmo, desde hace tres décadas un pequeño museo da fe de ese periodo de grandeza, es una fehaciente muestra del antiguo esplendor militar sueco. El Vasa, un curioso y singular museo, contiene un solo objeto: un barco de guerra de nombre homónimo, la única nave del siglo XVII restaurada por completo que existe en el mundo. Durante 333 años, entre el 10 de agosto de 1628 y el 24 de abril de 1961 el navío permaneció a 32 metros de profundidad, en un estrecho canal, en las gélidas aguas del Báltico. Su descubrimiento y recuperación supuso todo un hito en la historia de la arqueología. El Vasa, el mayor navío que hasta su botadura se había construido en el mundo, tuvo una corta, cortísima vida. Naufragó en su viaje inaugural. Se hundió una milla náutica después de que abandonase el astillero donde fue construido. Zozobró cien metros antes de salir al mar Báltico, su destino.

Al iniciarse la tercera década del siglo XVII, Suecia se encontraba en guerra con Polonia dentro del conflicto de los Treinta Años. La guerra se había iniciado en 1618 y, desde la perspectiva protestante, no iba por buen camino. Como la flota real sueca se encontraba en malas condiciones, el rey Carlos Gustavo II Adolfo de Suecia - de la dinastía Vasa o Wasa fundada en 1523 por Gustavo I y que permaneció en el trono sueco hasta que Napoleón entronizó al general francés Jean Baptiste Bernadotte- encargó en 1624 la construcción de cinco naves que fueran las más poderosas y mejor armadas de su tiempo. Cuatro de ellas: Appllet, Kronan. Scepter and Göta Ark fueron botadas con éxito y pertenecieron a la marina sueca hasta 1660. Pero el Vasa, el que iba a expresar el poderío sueco y las aspiraciones expansionistas de su rey que no regateó ni un real en el equipamiento y en la decoración del buque, tuvo peor suerte.

El navío comenzó a construirse en enero de 1626 y dos años después era una realidad. El Vasa medía 69 metros de eslora, 52,2 metros de altura, y 11,7 metros de manga. Desplazaba más de 1300 toneladas y las superficie de las velas era de 1.159 m2. Se calcula la dotación del Vasa en ciento treinta marineros y trescientos soldados. El buque estaba armado por 64 cañones colocados en tres puentes: el superior, batería alta y batería baja. De acuerdo a la costumbre de la época en los navíos de guerra, fue decorado con esculturas en un intento de glorificar la autoridad y el poderío del monarca y en otro intento de asustar e intimidar al enemigo. El simbolismo usado para decorar el barco se basaba en la idealización renacentista de Roma y Grecia, que había sido exportado a Suecia desde Italia a través de los artistas germanos y flamencos. Un equipo de al menos seis artistas trabajaron un mínimo de dos años en las casi 700 esculturas en roble, pino y tilo, que, además de belleza y arte, añadieron costes y exceso de peso al barco lo que contribuyó a un más a amenazar su vulnerabilidad.

El día inaugural era el 10 de agosto de 1628. Los constructores, que habían detectado problemas de estructura, intentaron posponer la botadura del buque, pero el rey se empecinó en no retrasarla. Gustavo Adolfo tenía prisa por verlo unido a la flota que luchaba contra los polacos. Así que el Vasa salió de la estación naval de Alvsnabben. Miles de personas celebraban con alborozo el poderío naval que representaba. Al dejar el muelle, el tiempo era bueno pero poco después empezó a soplar un fuerte viento y menos de dos kilómetros después una fuerte ráfaga azotó un costado del Vasa y se hundió en un estrecho canal, pegado a la costa lo que permitió que se salvara la mayor parte de la tripulación. Sólo perecieron entre 30 y 50 personas.

Aunque los cálculos no eran exactos, los armadores y los astilleros tenían experiencia en la construcción de buques. El problema del Vasa se inició cuando los planos fueron sustancialmente modificados porque el Rey insistió en colocar dos filas de cañones. Los expertos intuyen que el hundimiento tuvo que ver con más de una causa: la carga no estaba bien atada, la embarcación era excesivamente alta con respecto a la manga, estaba calculado para una fila de cañones no para dos y tampoco el lastre se calculó correctamente. Cuando el agua empezó a entrar por las troneras de la línea inferior de cañones, la acumulación del agua en la bodega precipitó su hundimiento.

Tres años después del desastre, se intento salvar el barco, infructuosamente. Treinta años después se rescataron 50 armas. Poco a poco cayó en el olvido hasta que en los años 50, el arqueólogo Amber Ander Frazon consideró la posibilidad de recobrar pecios de las aguas del Báltico. En 1956 dio con un objeto de madera y tras varias incursiones de los submarinistas se estableció que era el Vasa. Que el barco se haya conservado es un verdadero milagro. En los pecios del Caribe o del Mediterráneo, rara vez sobreviven los barcos porque las bacterias de las aguas cálidas ayudan a pudrir la madera. Tampoco hay que olvidar que el Vasa estuvo sometido a otras fuerzas destructivas: erosión, descomposición, crustáceos, fuertes mareas y aguas contaminadas.

El rescate fue muy peligroso y todo un reto para los arqueólogos. Duró varios años por las condiciones que rodeaban el barco. Fue elevado poco a poco, rescatado por fases para evitar el deterioro por cambio brusco de temperatura. El 24 de abril de 1961 salió a la superficie tras 333 años en el mar. Necesitó nueve años para estar completamente seco. Se le ha sometido a un complejo proceso de conservación. En 1990, se le instaló en su propio museo. Allí se guarda el majestuoso Vasa, un objeto imponente, espectacular, alrededor del cual se exponen todos los elementos que se recogieron del pecio: armas, cañones, herramientas, ropa, monedas, cuberterías, así como seis de sus diez velas. También se ha recreado la vida abordo. El Vasamuseet es el museo más visitado de Escandinavia y uno de los más singulares e interesantes del mundo.

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