Opinión

Sergio Aguilar, un torero. Madrid no lo vio

Pedro J. Cáceres | Sábado 09 de mayo de 2009
Faena, a menos, muy compuesta y elegante de Leandro en el segundo.

Habrá que irse acostumbrando a los casi llenos durante toda la feria excepto cuatro, a lo sumo cinco, tardes durante la feria y otras tres del ciclo aniversario. No es la crisis económica si no la crisis de cartelería atractiva aunque en San isidro nunca se sabe donde puede saltar la sorpresa, tal que ayer con Emilio de Justo.

También puede ser una constante, más de lo habitual en ediciones anteriores, que las ganaderías no lidien corrida completa sobre lo anunciado – lo de los sustitutos durante la lidia es consustancial a esta plaza-. La corrida de Gerardo Ortega, cinco, seria de pitones, aleonado el primero, más en tipo el segundo, cuarto y sexto, grandón el tercero,

De juego genralmente deslucido para los toreros y de engañosa movilidad descompuesta. Quizá el segundo fue el de mejor condición en la primera fase de muleta. Defendiéndose el lote de Barrera, moviéndose sin clase el tercero y con violencia en la arrancada el sexto.
El de Sepúlveda (5º) un buey, parado.

Oficio, sin suerte con el lote, y dignidad torera en Barrera. Planta y gusto luce Leandro. Concepto y disposición con carencias de adelantar la muleta, dejarle su altura, al toro, y dudas con los terrenos; abortó la primera faena, que fue de más a menos con toro encastado que terminó complicado. Tuvo al público con él; en el manso imposible 5º también. Lo que no gozó Aguilar, un torero muy serio, mezcla de un valor seco y un clasicismo expresivo que estuvo “de diez” con un manso de embestida corta y perezosa sin humillar, y el público no se enteró. Madrid. Incluso en su maciza e importante labor ante el violento sexto fue incordiado por el 7, tal que en algún momento de jugarse la vida sin cuentos ni gestos sonaron tibias palmas de tango.

No sirvió el que abrió plaza. Toro serio que ya cantó su pobre condición en los primeros tercios. Barrera se dobló bien con él por si rompía, todo en las rayas. Luego en los medios el toro perdió agresividad defensiva para pararse. Barrera resolvió con oficio de veterano en un “me pongo”, evidente y serenamente flamenco, y un “me quito” con experta discreción y disimulo. Estuvo por encima de su oponente. Lo mató experto. Manso y con viajes cortos muy descompuestos llegó el cuarto a la muleta de Barrera que estuvo demasiado tiempo en la cara intentando pases sin conseguir reducir la bronquedad del astado y que nadie le agradeciera el atisbo de esfuerzo. Volvió a estar diligente y seguro con el acero, a pesar de necesitar dos golpes de verduguillo.

Se movió bien, con ritmo, el segundo al que saludó Leandro con bellos y breves lances para ajustarse mucho en el quite “de frente por detrás”. Embistió fuerte el toro por el derecho y Leandro lo llevó, gustándose. La muleta no siempre adelantada propició colada escalofriante que hizo al torero cambiar la mano. Brotó el toreo al natural, muy limpio y templado, pero el animal, encastado y agresivo, falto de mando firme, protestaba por arriba e iba planteando problemas cuya resolución no eran ni los adentros ni aliviar por arriba. Sí hubo en el colofón disposición, ganas de hacer muchas cosas y excelente corte. Pinchó repetidas veces pero salió a saludar una ovación. Un buey que se vació en el caballo resultó el quinto, remiendo de Sepúlveda. Parado, pero al acecho, le pegó una voltereta a Leandro por constancia del torero en sacar algún muletazo, a la postre imposible. Lo mató de pinchazo y estocada. Y volvió a saludar una ovación, esta vez enturbiada con algunas protestas

Sergio Aguilar se fajó con gran serenidad, vertical y desnuda verdad, con un toro fuera de tipo que ni humillaba ni tenía voluntad de embestir. Bien colocado, con la mano baja, le fue extrayendo más y más de lo que el toro tenía ante la indiferencia del público. Esto es Madrid. El sexto tuvo arrancada violenta en la muleta. Más templado por el izquierdo en el capote, lo vio claro Aguilar para lancear por ese pitón. La faena de muleta, de irregular templanza por los cabezazos que pega el toro, fue un manual de valor de verdad, colocación y firmeza para, siempre por abajo, dejándole la muleta, sacar series de importancia como torero. Lo mató de pinchazo y estocada y Madrid, siguió sin enterarse.

TEMAS RELACIONADOS: