William Chislett | Sábado 09 de mayo de 2009
Desde Occidente en general y Estados Unidos en particular se proclaman ampliamente las virtudes de la democracia, pero cuando se trata de Oriente Medio se han apoyado autócratas alegremente y negado a los ciudadanos de esos países las libertades más elementales que damos por sentado. Es una pena que el apasionado libro de David Gardner Last Chance: The Middle East in the Balance (editado por I.B.Tauris, Londres) no se publicara hace seis años ni estuviera en las mesas de los principales líderes de Occidente cuando en 2003 las Naciones Unidas, la Unión Europea, los Estados Unidos y Rusia presentaron la hoja de ruta a la paz para Oriente Medio. Su meta era llegar a un acuerdo integral sobre el conflicto Palestino Israelí en 2005. ¡Y aquí estamos, cuatro años después y sin final a la vista!
La tesis sensata de Gardner, editorialista jefe del Financial Times y editor para Oriente Medio en dicho medio de 1995 a 1999, reside en que la crisis cada vez más profunda de Oriente Medio es elaboración propia de Occidente. Hemos mantenido tiranos, administrándoles armas y siendo cómplices de su corrupción –todo en nombre de la estabilidad y las reservas de petróleo-. Y cualquier cosa que Israel haga a Palestina, aunque mucha gente sea asesinada, sus gobiernos disfrutan de un apoyo casi incondicional. Apenas sorprende que el fundamentalismo islámico y el anti-americanismo estén en su cénit. La fuerza militar estadounidense únicamente ha exacerbado los problemas, particularmente con la desastrosa invasión de Irak. Gardner escribió antes de la invasión que esto sólo causaría una nueva fusión del nacionalismo árabe y del islamismo extremista, y acertó.
Ningún otro lugar del mundo ha fracasado tan estrepitosamente en su camino hacia la democratización, ni siquiera China. Gardner llama a este fenómeno: “La excepción árabe”. El libro se centra en los estados árabes pero también incluye algunas páginas sobre Turquía (y Pakistán) donde Islam y democracia comparten “un experimento que ha resonado más allá de sus límites”. Gardner apunta que se debe permitir a la democracia echar raíces en los países árabes, incluso aunque esto ponga en riesgo la elección de gobiernos fundamentalistas islámicos que no son del gusto occidental. Cuanto más se deniegue la democracia, más extremas serán las consecuencias.
El tiempo no corre a favor de Occidente: la portada del libro muestra un reloj de arena. Como previene Gardner, “a menos que los países árabes y todo Oriente Medio encuentren un camino para salir de esta trampa de autocracia, su gente –alrededor de dos tercios están por debajo de los 25 años- será condenada a vivir desprotegida, humillada y en conflicto durante generaciones, echando leña a este fuego furioso en la que es ya la región más inflamable del mundo.”
Esta desesperación proviene de la legación colonial europea, el declive de la una vez floreciente civilización Islámica, el fallo de los nacionalistas pan-árabes para conseguir cualquier cosa, la ayuda occidental a los déspotas, y la doble medida de Washington en el asunto de Israel y Palestina.
También acierta el autor al rechazar la idea de que “teniendo bien la economía, el resto de las cosas se colocará en su lugar correspondiente”. La reforma económica tiene pocas posibilidades de éxito en estados con tiranos que actuaban como si sus países fueran fincas privadas. Así pues los gobiernos de estos países dilapidan su riqueza (el petróleo acabará extinguiéndose) especialmente la abotargada familia real Saudí (que cuenta con más de cinco mil príncipes). No es accidental que más democracia en Turquía, que no tiene petróleo, haya ayudado crear la economía más sostenible de esa parte del mundo.
Este libro perspicaz escrito con elegancia es también una triste historia sobre oportunidades desperdiciadas. Por ejemplo el caso de Mohamed Khatami, el presidente reformista iraní que consiguió una sonora victoria en 1997 y ofreció una reconciliación con Occidente combinando Islam y democracia. Pero Washington no explotó ese momento propicio y en 2005 Mahmoud Ahmadinejad y las fuerzas reaccionarias islamistas ganaron las elecciones presidenciales pasando el país a formar parte del Eje del Mal de George W. Bush.
Es este un libro escrito con rabia y uno de los que deja al lector, al menos yo, enfadado.
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