Opinión

Hospitalidad

José María Herrera | Sábado 09 de mayo de 2009
La hospitalidad fue durante siglos la única cosa capaz de garantizar la seguridad del forastero que iba de paso. Se explica, por eso, que nadie la estimara tanto como los pueblos del desierto, nómadas entre cuyas obligaciones morales se encontraba la de defender con la propia vida la de sus huéspedes.

Una leyenda del Sahara cuenta que un hombre se presentó un día en la jaima de su enemigo solicitando hospitalidad y que permaneció allí varios meses a mesa y mantel hasta que el anfitrión le prometió solemnemente que no atentaría contra su vida cuando saliera de ella.

En Grecia, los quebrantadores de las leyes no escritas de la hospitalidad eran vistos con desprecio: los cíclopes, seres bestiales de fuerza descomunal que miraban con un solo ojo y desconocían el vino, símbolo de la alegre convivencia, o los troyanos, cuyo deplorable fin fue consecuencia de la traición de Paris al seducir a Helena, esposa del rey Menelao de Esparta, su anfitrión.

La diosa de la hospitalidad era Hestia, bajo cuya protección permanecían el hogar y la familia. Cuando un extraño imploraba amparo en una casa, el deber del cabeza de familia era prestárselo sin más averiguaciones. ¿Quién puede saber si está recibiendo a un mortal, a un mensajero de la divinidad, incluso a un dios? Precisamente por esto es elogiado Jobates, rey de Lidia, en el Canto VI de la Iliada, quien hospedó durante nueve días a Belerofonte sin preguntarle en ningún momento por los motivos de su visita.

El anfitrión griego, además de acoger, defender y mantener a su huésped, estaba obligado a ocuparse de su diversión y de los obsequios que, a fin de rubricar su amistad, se entregaban el día de la despedida. El más importante de ellos era el symbolon, que los latinos llamaron tessera hospitalis, originalmente una tablilla de leño que se rompía en dos pedazos: uno para el anfitrión, otro para el huésped. Estos pedazos continuaban teniendo valor una vez desaparecidos sus propietarios, siendo utilizados por hijos y nietos como si se tratara de un salvoconducto que garantizaba la buena acogida por parte de las respectivas familias. Tanta importancia se daba al pacto de hospitalidad que ni siquiera la guerra podía abolirlo. Así, bajo las murallas de Troya, cuando Glauco y Diomedes van a lanzarse el uno contra el otro, descubren que llevan en sus cuellos las dos mitades del mismo symbolon y eluden sin dudarlo el combate.

Otro personaje homérico famoso por su hospitalidad es Áxilo, el cual jamás negaba su casa a los viajeros que transitaban por el camino que discurría delante. Diversamente a Procrusto (bandido de Megara que hacía dormir a sus huéspedes en un lecho o demasiado pequeño o demasiado grande, y para ajustarlos a la cama les cortaba los pies o los estiraba violentamente), su nombre sirve todavía para designar un derecho y un espacio. En español el asilo es un lugar reservado a los ancianos; en italiano, a los niños.

Vinculada al señorío, la hospitalidad fue considerada siempre virtud de gente noble. Así sucedió, como hemos visto, en la antigüedad; también en la Edad Media (los señores feudales consideraban propio de su rango mantener abiertas y bien provistas sus cocinas para los que atravesaran sus posesiones) y en la Época Moderna, especialmente durante el Renacimiento, que rescató la costumbre romana del mecenazgo, variante egregia y suprema del hospedaje.

Kant, como buen ilustrado, estimaba en tal medida esta virtud que llegó a establecer las reglas que debe seguir cualquier anfitrión para agasajar a sus huéspedes. Aquí podemos ahorrarnos la enumeración porque está contenida como un mandamiento que encierra los demás en un conocido refrán ruso que reza así: “se recibe al huésped según su vestido, se le acompaña según su entendimiento”.

La persona hospitalaria hace que el huésped se encuentre como en casa. El deber de éste es corresponder con el placer de una compañía delicada. Cuando existe reciprocidad, la hospitalidad funda un ámbito de convivencia. Convivir es mucho más que coexistir. En las ciudades modernas prima ante todo este segundo aspecto. Quizá por eso se han vuelto tan inhóspitas. No son los que van de paso, sino los que habitan en ellas, quienes se sienten a menudo extraños. Extranjeros en su propia polis, decía Aristóteles de los filósofos. Yo creo que esta es una de las grandes miserias de nuestro mundo.

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