Mariana Urquijo Reguera | Sábado 09 de mayo de 2009
En la plaza de Felipe II de Madrid hay últimamente un mercadillo con un gran cartel que dice: "Comercio Justo". Al verlo una se pone a pensar en seguida es esos productores y agricultores de África y América que cobran en dólares gracias a la solidaridad de los occidentalizados, de los que se sienten mal por disfrutar de la vida viviendo en un sistema capitalista que al fin y al cabo no les parece tan mal. Pero, por si las moscas, compran café, artesanías, ropa, mermeladas, azúcar o lo que se tercie a precio de lujo, con lo que limpian sus superficiales conciencias (lujo al fin y al cabo barato en un mundo donde todo se compra).
Y es que mientras veamos la miseria lejos, los problemas en la casa de los otros, las desgracias en el vecino y vivamos en un constante "esto no me va a pasar a mí", mantenemos nuestra conciencia en la superficie y estamos tan a gustito.
Pero mientras vivamos en la mentira de la suerte, del comercio justo y de la conciencia limpia, y lo más importante de todo, mientras vivamos bien y a placer en nuestro mundo capitalista, ¿para qué pensar más? ¿para qué cambiar nada? ¿por qué no seguir y seguir?
Y todo porque no nos da por mirar, por sentir y pensar desde el lugar del otro, desde el sufrimiento del vecino y las dificultades del que vive del otro lado del charco. Porque si pensáramos y sintiéramos con un poco de atención más allá de nuestra propia mismidad, nos daríamos cuenta de que el agricultor de Almería, el ganadero de Asturias y el viticultor de La Rioja no disfrutan del Comercio Justo. Y mientras, almerienses, asturianos y riojanos cobran un 400% menos del precio que finalmente pagamos los consumidores. A precio de lujo.
Y léase "radical" en el sentido como lo decía Ortega. Él consideraba que la única realidad radical, sin la cual no hay nada, es la vida. Radical aquí es la injusticia propia del sistema que afecta a propios y ajenos. Cuando Ortega avisaba en 1928, antes del crack de la economía, de que la prosperidad en la que vivían europeos y estadounidenses era una ilusión con un fin cercano y que todos se equivocaban al pensar que la abundancia no haría más que crecer y crecer como una línea recta que se eleva siempre más, cuando él avisaba, poco le escuchaban. Y menos de un año después la miseria recorrió el mundo pillando desprevenidos a los optimistas, a los egocéntricos y a los codiciosos.
Equivocaron abundancia con acumulación, ya que, como bien dijo Marx, la única constante del mundo capitalista es el crecimiento necesario de la acumulación de capital, que nada tiene que ver ni con la felicidad ni con el bienestar y es todo lo contrario a la justicia.
Y es que el mundo, la vida, no se mueve como en una línea recta que hay que transitar enriqueciéndose y limpiándose la conciencia proporcionalmente, sino que la vida da vueltas, como dice el dicho, como cantaba Nietzsche y como describió Freud. La precaución que hay que tomar es que la vuelta nunca sea idéntica porque las repeticiones exactas no son sino el síntoma de una enfermedad: no haber aprendido nada en la travesía, no haber creado en absoluto.
Porque miramos para otro lado, porque no prestamos atención a las emociones y sólo nos obsesiona el vil metal, repetimos y repetimos reproduciendo la injusticia en un comercio injusto que acapara nuestras vidas cotidianas y no nos permite vivir radicalmente, siendo libres y creando, preocupándonos y ocupándonos de las cosas, de los gestos, de las rugosidades y de los pliegues de la cara del vecino, de las necesidades, es decir, de aquello donde encontramos la profundidad y la riqueza radical de la vida.
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