Opinión

Medievalismo islámico

Lunes 18 de mayo de 2009
El emirato de Kuwait ha celebrado elecciones este fin de semana, con la particularidad de que por primera vez cuatro mujeres ocuparán un escaño en el parlamento nacional. El número de mujeres diputadas, irrelevante en cualquier país civilizado por la igualdad entre géneros en lo que a derechos se refiere, es significativo en determinados países de corte islámico, donde la mujer vive subyugada por la interpretación estricta del Corán. De hecho, Kuwait no reconoció el sufragio femenino hasta el año 2005.


Esta no es sino una prueba más de los perniciosos efectos que pueden derivarse de mezclar política y religión -en el caso de las monarquías del Golfo se une además un tercer elemento distorsionador que frena cualquier tipo de avance: el petróleo-, con el radicalismo como denominador común. En Palestina, Hamas enseña a sus milicianos a morir matando, en lugar de plantar cara con el diálogo, como hacen los partidarios de Abu Mazen. Y la Sharia o ley islámica sigue aplicando sus terribles decretos en países como Irán, Arabia Saudí y otros tantos lugares de mayoría musulmana.


¿Es posible un Islam acorde con los tiempos actuales? Por supuesto que sí. Naciones como Turquía, Jordania o Egipto son buena prueba de ello. Han demostrado que no es preciso renunciar a las creencias tradicionales islámicas para ocupar un lugar entre los estados que respetan los derechos humanos o están en vías de hacerlo. Y lo han conseguido. Cabría, por tanto, demandar a las autoridades religiosas musulmanas un esfuerzo de concienciación entre los suyos acerca de la necesidad de desmarcarse claramente de la violencia, así como de la ineludible renovación de algunos de sus postulados más rancios, sobre todo los que hacen referencia a los denostados derechos de la mujer. Está en juego la convivencia mundial.