Opinión

¿Morirse en catalán o curarse en alemán?

José Varela Ortega | Lunes 18 de mayo de 2009
En la Postdamer Platz, antes de la II Guerra, existía un edificio de varios pisos con múltiples y variados locales de ocio que ofrecían a los turistas la posibilidad de una animada experiencia virtual, asomándose “al mundo por poco dinero” y sin salir de Berlín (Kracauer): lo mismo podía uno visitar un salón bávaro, vienés o italiano que una terraza renana, un bistró francés, un bar de jazz americano o un café turco. El lugar se llamaba “Picadilly”. Hasta que…llegaron los nacionalistas y, a raíz de la Gran Guerra, hubo de sustituirse el nombre por el de Haus Vaterland. El cambio a la “Casa Patria” no mejoró nada el producto. Se vio inundado, eso si, de motivos y canciones patrióticas en detrimento de lo extranjero y el lugar se fue eclipsando hasta desaparecer. En Buenos Aires existía un restaurante delicioso, muy clásico de la ciudad, entre la Plaza de Mayo y la de San Martín, no lejos del Bajo, conocido como “El London Grill” y que respondía en decoración y mobiliario al toponímico, aunque mejorado en su oferta culinaria. Hasta que, como consecuencia del delirio nacionalista de Malvinas, le cambiaron el nombre y terminó por cerrarse. En el Madrid de mi niñez, había una confitería maravillosa que se llamaba –y todavía se llama- “Niza”. Decorada con un estilo algo sobrecargado para el gusto español, entre francés y de la Viena de Hansen y Semper, allí me llevaba mi abuela porque ya su padre aseguraba que hacían los mejores hojaldres de la ciudad y tenían los “rusos”más auténticos: unos pasteles que, claro, en cuanto los franquistas entraron en Madrid, pasaron a llamarse “españoles” –aunque los generales nacionalistas resultaran incapaces de asegurar el abastecimiento de la harina y el azúcar que requería aquella obra de repostería. Mi abuela, a quien nunca se le movía una pestaña, inasequible a la cruzada nacionalista contra la pastelería eslava, continuaba, pidiendo su docena de “rusos”. Y, ante la inevitable pregunta del niño, intrigado por la disputa terminológica, me respondía: “nada, hijo, otra de las tonterías de la Guerra Civil”.

Los ejemplos podrán considerarse banales pero no por ello dejan de ser indicativos de los efectos regresivos de las políticas nacionalistas: siempre terminan por perjudicar o deshacer precisamente a la nación que pretenden encumbrar. Hace algunos años, en la Fundación que presido, el President Pujol se mostró muy ufano porque en los restaurantes de Barcelona habían aumentado considerablemente los menús escritos en catalán. Ninguna referencia, ni una palabra de la calidad de la comida. Asombroso e inquietante: el que una región que ha hecho su fortuna –y, en buena medida, la nuestra- generando rentas comerciales, se pase ahora a pelear por rentas fiscales, pregunte en qué idioma está la carta, en vez de cómo sabe la comida, y, de un diagnóstico, le preocupe la lengua, en lugar del resultado, es síntoma de subdesarrollo intelectual, causado por un síndrome nacionalista degenerativo.

Debería ser ocioso insistir que cualquier español civilizado considera un privilegio, porque es una riqueza cultural evidente, contar en nuestro entorno con otras tres lenguas, con sus correspondientes tradiciones literarias y de pensamiento. En consecuencia, es también evidente que una mayoría civilizada apoyaría una política de discriminación positiva del catalán (del gallego o el euskera): financiar, fomentar e impulsar. Otra cosa -escribía en estas páginas nuestro Presidente- es hacer “como Franco pero al revés”: prohibir y perseguir. No, por cierto, al castellano, que es una lengua universal de más de 400 millones de hablantes que se defiende sobradamente a si misma de las miserables tropelías de los nacionalistas. A quienes realmente persiguen y discriminan estas prácticas autoritarias es a los niños catalanes (gallegos y vascos). Para empezar, marginándoles de un mercado de trabajo español y universal.

La discriminación laboral, como producto de una política ligüística represiva, es algo más serio que bistrós, restaurantes y repostería. Pero no tanto como la salud. Cuando uno acude a un hospital, salvo que vaya a la unidad psiquiátrica, no está para fantasías identitarias. Pide el mejor médico posible, no busca un profesor de lenguas romances. Porque prefiere que le curen en alemán, o le salven en serbo-croata, si fuera el caso, a morirse en catalán, sin que tampoco le sirva de consuelo que el responso se pronuncie en castellano. Pero no es esa la idea del gobierno balear que ha decretado imponer el catalán como requisito para la práctica de la medicina en la región. Al punto que, en dos años, todos los facultativos deberán pasar un examen de… ¿su especialidad?. En modo alguno. Las autoridades nacionalistas de las Baleares, en su infinita sabiduría y poder, han decidido someter a los facultativos a un examen de idiomas para continuar en el ejercicio de su profesión: en este caso, una prueba de lengua catalana –que ya sabemos que es fundamental en la formación de un neurocirujano o un traumatólogo. Sólo "excepcionalmente" (sic), sino hubiese suficientes profesionales en la Comunidad, las convocatorias de selección podrían eximir los requisitos de catalán exigidos por el Decreto. Resultado: casi un 25% de los facultativos del hospital de Ibiza ha anunciado su intención de abandonar la Isla. Se irán, claro, los que tienen ofertas alternativas; es decir, los mejores. Y, como en política todo lo malo se imita, siempre y cuando maximice poder, los nacionalistas catalanes, lamentando que no se les haya ocurrido primero a ellos el disparate, amenazan con imitarlo.

En todo caso, no me parece formular una hipótesis en exceso aventurada, si nos arriesgamos a afirmar que los mismos políticos que redactan tales decretos dejarían a un lado sus ardores nacionalistas, prestos a elegir el mejor médico disponible sin importarles nacionalidad o lengua, caso de verse afectados por una grave enfermedad. Quizá, porque la salud, al menos la sanidad mental, suele recobrarse de inmediato cuando la realidad aprieta.

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