Manuel Mora y Araujo | Lunes 18 de mayo de 2009
El espectáculo que ofrece la política argentina es cada vez más triste. Aun dentro de la legalidad, todas las acciones, todos los pasos ejercidos por los distintos sectores políticos -empezando por el oficialista- son institucionalmente deplorables.
El oficialismo, comandado por Néstor Kirchner, comenzó esta campaña hace varias semanas declarando a esta elección un verdadero plebiscito terminal del gobierno de Cristina Fernández. Luego presionó a gobernadores e intendentes (alcaldes) de provincias y municipios para encabezar las listas de candidatos a diputados, a sabiendas que ninguno de ellos será diputado porque no abandonarán sus actuales funciones. La oposición ha llamado a esas candidaturas “testimoniales”. Pero muchos candidatos de las fuerzas opositoras han sido “testimoniales” en el pasado, porque cuando fueron electos no asumieron sus asientos en el Congreso o los abandonaron prontamente para volver a ser candidatos o asumir funciones ejecutivas. La decisión de Kirchner de candidatearse él mismo a diputado por la provincia de Buenos Aires ha sido objetada por muchos políticos por provenir él de Santa Cruz, olvidando que en un pasado no lejano los mismos que ahora objetan a Kirchner cambiaron de distrito con la misma facilidad. También Kirchner es acusado -ahora y también hace dos años, cuando impulsó la candidatura presidencial de su esposa- de definir candidaturas con su dedo, sin ninguna consulta ni procedimiento de democracia interna de su partido. Eso es exactamente lo que han hecho los dirigentes opositores. Unas pocas personas se arrogan la facultad de nombrar u objetar candidaturas y las deciden con su propio dedo.
No sorprende que el programa político televisivo que alcanza los más altos índices de audiencia sea un programa de humor que caricaturiza -con mucha gracia- a los principales políticos de la Argentina. La política en serio, incluida esta elección legislativa, a la mayoría de la gente ha dejado de interesarlo; y es, precisamente, porque no la ven como algo serio.
Los candidatos sólo hablan mal unos de otros -por increíble que parezca, eso ocurre hasta quienes militan en las mismas filas- o presagian catástrofes si no son elegidos o si triunfa el adversario. En ningún caso dicen qué harán para impedir la catástrofe. No hablan de los temas que preocupan a la gente, y nadie -literalmente nadie- sabe o puede saber qué políticas adoptarían de llegar a ser gobierno. Sólo aspiran a ser votados por motivos mesiánicos.
La política argentina ya no se asienta en un sistema de partidos que, buenos o malos, cuando existían disponían de una organización, una capacidad de comunicación con sectores de la sociedad y algunos canales de participación ciudadana. Hoy está respaldada por una pocas marcas que son los nombres propios de unos pocos dirigentes: Kirchner, Macri, Carrió, Cobos… personas conocidas cuyas marcas-nombre propio pueden ser aplicadas aquí o allá con distinta suerte -sin que ellos sean necesariamente candidatos-.
El horizonte argentino luce mal, tanto por efecto de la crisis global como por las decisiones y el estilo del gobierno. Hay mucha incertidumbre sobre el futuro, lo cual desalienta inversiones y augura tiempos poco felices para la estabilidad económica y monetaria y para el nivel de ocupación. Pero la causa de la incertidumbre no es sólo la eventual suerte política de los Kirchner; es también la falta de definiciones de quienes, si a los Kirchner les fuese mal, estarían llamados a sucederlos.
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