Martes 19 de mayo de 2009
La actual crisis económica ha hecho que se replanteen muchas cosas que hasta el momento apenas se cuestionaban. En el caso particular de España, la irrealidad de la llamada “burbuja inmobiliaria” era algo sabido por muchos economistas –y hay diversos artículos que lo certifican, dentro y fuera de España- particularmente, los relacionados, de uno u otro modo, con el mundo de la construcción. Se decía que la vivienda estaba sobrevalorada, y que en el momento en que la burbuja en cuestión reventase, las consecuencias serían muy negativas, como así está siendo. En parte por eso, y en parte también por su incapacidad para atajar una crisis que parece ingobernable, el Presidente español ha manifestado su idea de permutar el actual sistema económico español, a la vista del colapso inmobiliario. Más I+D: más ordenadores y menos ladrillos, nos dicen, en una de esas consignas que tanto gustan en Ferraz. Sin embargo –y por una vez- parece que nuestro Presidente cree en lo que dice, más allá de señuelos electorales más o menos cortoplacistas. Otra cosa, claro, es que sepa de qué habla. Pero el que tenga una idea relevante y buena y que crea en ella, ya es mucho.
Porque, sin duda, la idea en sí es interesante. De hecho, una de las razones por las que la actual crisis está incidiendo con más virulencia en España que en otros países -con independencia de la cuestionable gestión que de la misma está haciendo el señor Zapatero- es la vigencia de un modelo productivo obsoleto: comprensible e importante en su momento, pero hoy demasiado dependiente quizá de la construcción y el turismo. Este último resiste, pero de un tiempo a esta parte la oferta turística internacional ha hecho que el sector español deba afrontar una competencia mucho más agresiva.
Hace ya tiempo que los gobiernos españoles de color diverso debieron hacer frente a una profunda reconversión económica a gran escala. Otros países con un tejido industrial más potente y competitivo sobrellevan mucho mejor la recesión. No es el caso de España. Bien es verdad que, en el último medio siglo, la industria española ha crecido y se ha diversificado de forma espectacular. Pero ya no es suficiente. Hace falta desarrollar un tejido industrial de un alto componente tecnológico. Para ello, hay que potenciar la investigación, empezando por articular un sistema educativo que ofrezca una formación de calidad a las nuevas generaciones. Pero ese es un plan económico muy inelástico: la mejora del sistema educativo, la formación de investigadores y profesionales altamente capacitados no se improvisa. Requiere tiempo y paciencia: una financiación sostenida durante un largo periodo y un modelo organizativo más operativo, racional y flexible. Por eso, tiene razón el señor Zapatero convocando un gran pacto de Estado que siente las futuras bases económicas de España. Zapatero y Rajoy no pueden dejar un legado mejor a los españoles. Y si están en política, es por una ineludible responsabilidad de servicio público, un imperativo moral de un alcance mucho mayor que los sondeos y regates electorales.