Opinión

Luces y sombras de Sanisidro (II)

José Suárez-Inclán | Jueves 21 de mayo de 2009
Morante de la Puebla saludó a los banderilleros y compañeros de terna y atravesó cabizbajo, lento y pensativo, el diámetro del ruedo camino del patio de caballos. Sonaban palmas desiguales concentradas sobre las gradas que circundan el portón de salida, y el torero levantó fugazmente la mirada y enroscó el aire con el índice de su mano derecha: “otro día, el próximo”. Mientras el de la Puebla dejaba esta promesa silenciosa en el aire, el francés Sebastián Castella se encajaba en los hombros de quien lo había de sacar por la salida opuesta, la Puerta Grande de Las Ventas.

La corrida que abría la segunda semana de la Isidrada mostraba el camino de lo que iba a ser la tónica general de la feria: promesas frustradas, chispazos luminosos, estrellas fugaces que cruzan el cielo de la plaza y se apagan antes de que pueda formularse el deseo, junto a un par de brotes de claridad y fulgor. No deslumbrantes. Y sombras, muchas sombras, la sombra gris del tedio agravada por la falta de casta ganadera. Sin embargo, en feria tan larga y espectáculo tan múltiple hay que matizar. De toros y toreros.

El 14 de mayo —Morante, Castella y Talavante, un decasílabo con rima propia— sería coincidencia, pero hasta la luz, ávida y refulgente entre seis nubes, despiadada sobre las gradas y tendidos fauvistas, apartando con divina injusticia el sol de la sombra, era otra; era, al fin, la luz de Sanisidro. Tarde de gala, de las que se cuentan con los dedos taurinos de una mano. Y, por ahora, la tarde de la feria. Chispas, luces nocturnas: Morante dejó media de papel al primer Garcigrande, toro sin fijeza que se salía de la suerte y miraba al público. El diestro, incómodo, le sacó derechazos inmerecidos, de galana apostura. En el 4º, que había herido de gravedad al banderillero Rafael Cuesta, esbozó pinceladas en la 1º serie, inventó un “ole” en la 2ª, y, aguantando, quebró la cadera y activó las gargantas en la 3ª, que remató con una dejadez dorada. Cuando cambió al natural, el toro quería coger. Está muy puesto Morante, una secreta esperanza nos tiene en vilo: la va a armar. “Otro día, el próximo”.

El fulgor venía ya impreso en la mirada del torero de metacrilato. “Perejil”, muy protestado, terminó sin una oreja. Eso es difícil en Madrid. Hay que torear muy bien. Se silenció el capote pero lo esperó Castella en las rayas con frialdad y paciencia y hubo enjundia —mucha— en los primeros pases: suave por alto, derechazo, de pecho… sin forzar y sometiendo hasta hacerle tragar curvas, bambas en la arena, con parsimonia helénica. Un natural ayudado del estoque inició un rugido. El toro se iba, se estuvo yendo todo el rato y Castella porfió, tomándolo casi de la mano, sacando pases imposibles que enardecieron al respetable. Abrochó con dos redondos antológicos y una trinchera desmayada, ya en clamor. Cuando salió el 5º, media afición sabía que iba a abrir la Puerta Grande. Era la única interpretación posible del rumor que se formó a las 8,30 en punto. Despertó Curro Molina las sangre buena del toro con dos pares de prestigio y se fue, muy despacio, Sebastián, a brindar al platillo. En terrenos del 8, sujeto el palillo con las dos manos, le dio 3 estatuarios, 3 por bajo y uno por alto que subieron el tono de rumor a fervor. Derechazos medidos, bien ligados —oles rotundos— y el de pecho. Se venía ya el bravo de lejos y repitió la serie, abrochando el remate. Tarde grande, no inmensa, que terminó por dibujar un natural. ¡A matar, Castella! ¡Ya no está el toro pa manoletinas ni adornos! Cayó bajo el estoque y cortó una oreja, porque un rumor previo, intérprete del destino, así lo había decidido. Talavante, ensombrecido, impotente en Madrid, buscaba la juventud perdida por la desgana de su muñeca. Disparó la paciencia de un público que ha visto como se le han ido 8 toros en un mes.

Dejando aparte el toreo a caballo de Pablo Hermoso —nueva disciplina, al fin consolidada— que es y no es propiamente rejoneo, toreo y puro espectáculo, y que protagonizó la otra tarde de luces, hubo nuevos destellos: El 15, día del santo, ante un público sorpresivamente frío, Matías Tejela mostró en un quite a medio esfuerzo, que traía escondido algo. La frialdad aparente del corazón frágil de Tejela —pulcro, cuidadoso, planchada la tela lejana en el terno perla y plata— es engañosa. Porque se preparaba para cortarle una oreja a “Altoscielos”, sobrero de F. Peña de arboladura acorde a su nombre, al que, sin alharacas, rompió en series de naturales limpios y hermosos, a gusto el cuerpo, de cierto cante oculto, difíciles de ver de puro fáciles. Pinchó, pero sonreía.

El 16 los Albaserradas de Escolar las dieron de cal y de arena. Los de cal se le han perdido por ahí a Sánchez Vara que, con ganas de agradar, no supo qué ocurría. Los de arena pudieron perder a Rafaelillo y a Robleño, que salieron indemnes del envite. Rafaelillo, lidiador, andándole al 1º, la tela puesta, llegó a someterlo en tres series —una jaleada, otra casi lenta—. A punto; le faltó un paso. Dar el paso de no perderle un paso, el paso de los grandes.

Los tan esperados Santacolomas de la novillada de “La Quinta” frustraron toda esperanza. La remendaron dos sobreros del Jaral de la Mira. Y un novillero: Miguel Ángel Delgado, que baja y mece la verónica, saborea los ayudados, escucha las trincheras… Mucho sabor. Oloroso. Los derechazos pausados, los cites generosos, los pasos lentos, barriendo templados los naturales. Ha mamado el toreo. Y lo hace. Pero no mata. Habrá que verlo. El mexicano Mario Aguilar, verde como cactus, tiene personalidad. Va a otro ritmo, que el toro puede seguir, o no. Se llevó dos sustos entre sueños y desconciertos.

La corrida grande fue chica. Núñez del Cuvillo para Juli, Cid y Perera. Decepción. Luces: “Aguafría”, el jabonero 5º, que embistió. Al Cid, que ensayó la verónica auténtica y al que le preparó el caldo Alcalareño con excelente par. Pero —sombras— no rompió a hervir la olla porque los muletazos sueltos, algunos soberbios, que el propio Cid se jaleaba, no respondían, hilados, al ofrecimiento de “Aguafría”. Frialdad para El Juli, que durmió tres veces la verónica ante el silencio de las gradas a las 20.05 y a las 20.15 buscó todo su saber neoclásico. No valió. Cayó la sombría influencia sobre Perera, que tampoco pudo levantar a los Cuvillos ni a la tarde.

Cerró la semana una corrida interminable de Peñajara, lastimosa y blanda, con tres sobreros, que frustró los deseos del mexicano Payo al doctorarse, el renacido temple del catalán Serafín Marín, y la decisión del renovado Abellán, que se desquitaba de un percance en la semana anterior y que destelleó en un quite, con reposo y son, a las verónicas al reprís, ansiosas de triunfo y a las gaoneras ávidas del mexicano. Volvió Abellán con delantales y allá repitió El Payo con otros de arqueada personalidad. Cuando terminaron se dieron la mano, mientras Serafín observaba desde las rayas y pensaba en la ovación.

No hubo más esta semana. Lo demás, todo fueron sombras. Mejor olvidar. Otro día, el próximo.

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