Opinión

Tríptico: Francis Bacon. III. Rostro

José Lasaga | Jueves 21 de mayo de 2009
Un buen día, o quizá poco a poco, Bacon dejó de pintar animales, incluso hombres como animales, todas aquellas figuras torturadas y monstruosas que sólo podían evocar restos de basura metafísica generada por el espíritu del tiempo. Aún en 1958 leemos en una nota de trabajo: “situar figura en actitudes de simios”. Quizá se le fue pasando el enfado y el mundo le pareció un lugar más habitable y lucido. Quizá viajó al sur. El caso es que los fondos se aclararon, dominados por colores vivos y saturados que parecían invitar a las cosas que el pintor depositaba sobre su superficie a que saltaran sobre el espectador y le zarandearan, “el tipo de pintura -decía Bacon- que pasa directamente al sistema nervioso”.

Y fueron apareciendo, y poco a poco dominaron, las figuras humanas que parecían humanas y el rostro fue ganando influencia sobre el todo y finalmente, Bacon se dedicó a las múltiples series de retratos y autorretratos que, a mi juicio, contienen lo más perdurable de su obra. No podía repetir a Van Gogh ni a Picasso ni a Rembrandt ni, por supuesto, a su admirado Velázquez, pero halló algo genuino que “decir” sobre el rostro humano.

Pienso que hay una relación que comunica sus pinturas de animales y cabezas descoyuntadas por el grito de los cuarenta y cincuenta con las formas humanas que pinta a partir de mediados de los sesenta. Se podría hablar de un viaje simbólico. Bacon se habría reconciliado con lo humano. Pero no porque lo encuentre de pronto revaluado o porque se haya convertido a algún credo “humanista” sino porque ha dejado de juzgar al hombre. Creo que lo que vemos en sus lienzos a partir de estas fechas es la reconciliación con la indigencia, el absurdo, la miseria, el dolor que acompañan a la condición humana. Y comienza a buscar en sus amigos o en sí mismo destellos de vitalidad que puedan iluminar, aunque sea un instante, la oscuridad que reina en el escenario.

Bacon ha dicho muchas veces que, a pesar de haberse servido de fotografías para trabajar, “la ilustración no me interesa”. Entonces, ¿qué intenta hacer con esos brochazos escasos y violentos que consiguen milagrosamente evocar el original? No lo sé. ¿Quiere pintar el yo “verdadero” (signifique eso lo que signifique) del hombre o de la mujer que retrata? Quizá por eso ensaya consigo mismo -probablemente el personaje que tiene más cerca- o con sus amantes o con sus amigos más íntimos. Y los resultados son asombrosos. Tocamos con los ojos algo vivo y auténtico del otro, aunque no sepamos muy bien qué.

De la máscara -primitivismo y miedo- al rostro contemplado sin temor, reconocimiento de la individualidad y libertad personal. Viaje si asegurar. Porque puede haber regreso a la máscara en cualquier momento. Si en el ojo quieto, en el centro del rostro, habita el misterio del yo, en los trazos violentos que difuminan y, al tiempo, conservan la estructura del rostro, hay como un murmullo amenazante que viene de algún sitio cerrado. Milan Kundera ha escrito de los retratos de Bacon: “La mirada del pintor se posa sobre el rostro como una mano brutal, intentando apoderarse de su esencia...” Y se produce el milagro, que a través de las distorsiones, giros manchas y vacíos aparezca sobre el lienzo el yo figurado del personaje, su “verdadero” yo (signifique esto lo que signifique).

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