Opinión

El refugio de los despreciables

José Carlos Rodríguez | Lunes 18 de febrero de 2008
Gordon Brown, en una de las primeras medidas económicas de calado como primer ministro, ha decidido nacionalizar el ruinoso banco Northern Rock. Este hecho supone el adiós definitivo de Gran Bretaña al legado de Margaret Thatcher, que mal que bien lleva marcando la política británica 29 años. La líder tory recibía un país arruinado económica y moralmente y ella le arrancó de un camino a la deriva gracias a un liderazgo que volvió a situar a su país en su lugar en la historia, hizo que sus compatriotas recuperaran la fe en el propio país y finalmente enderezó una economía que hacía aguas.


La política de Margaret Thatcher se identificó con las privatizaciones. Yo me acuerdo de que, por entonces, todos los medios de comunicación españoles con contadísimas excepciones pronunciaban la palabra "privatización" con esa mezcla de escándalo, odio e ignorancia tan propios del periodismo cañí y que no llamarían la atención en el Salem de las brujas ahorcadas. Luego resultó que las privatizaciones fueron un éxito.


Luego, lo que resultó fue que el hecho de que se le vendieran a muchos trabajadores las casas públicas en que vivían, tan miserables como el alquiler que pagaban, hizo que se convirtiesen de la noche a la mañana en viviendas dignas. Posteriormente, ocurrió que las empresas esclerotizadas por la gestión pública, que no atendían al público pero que le costaban montones de dinero en impuestos, se convirtieron, una vez privatizadas, en empresas competitivas. Y que los británicos pasaron de ser paganinis de empresas que no funcionaban a accionistas de fórmulas de éxito. Capitalismo popular se llamó a aquello, como si el capitalismo hubiese sido otra cosa que popular desde siempre. Luego se dio el caso de que todos, menos los más irredentos, acabaron reconociendo que las privatizaciones de Margaret Thatcher, su política de devolver a la sociedad la gestión económica de las empresas, fue un éxito.


John Major echó a Thatcher del poder, desde su mismo partido, y casi se puede decir que fue rehabilitada por el laborista Tony Blair. Ninguno de los dos osó deshacer lo andado por la de Lincolnshire. Brown sí. En el mercado, la empresa que aporta valor obtiene beneficios y crece. Y la que lo destruye, recoge pérdidas hasta desaparecer. Brown ha caído en la trampa de socializar las pérdidas y mantener lo insostenible. Si el nacionalismo es el refugio de los miserables, la nacionalización es el refugio de los despreciables.

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