José María Herrera | Sábado 23 de mayo de 2009
Si existe una frase desafortunada en la Historia, una frase infinitamente repetida y tergiversada, es la de “mens sana in corpore sano”. Cuando Juvenal la compuso para una plegaria en la que imploraba a los dioses un alma recia que no temiera a la muerte, no podía imaginar que los instructores deportivos la usufructuarían como lo han hecho. La idea de que el ejercicio físico pueda tener consecuencias espirituales no sólo no tiene nada que ver con la intención original del poeta, sino que se trata, además, de un tópico insensato. En efecto, del mismo modo que lo único que se desarrolla jugando al ajedrez es la inteligencia para jugar al ajedrez, el entrenamiento corporal sirve únicamente para adiestrar el cuerpo. Toda esa gente esforzada que agoniza en el gimnasio convencida de que el sudor de su carne beneficia también a su alma está en un error mayúsculo, y salvo que hagan lo que una amiga mía, que en vez de repetir “y uno, y dos, y tres” aprovecha contorsiones y saltos para rezar el rosario, me temo que sus prácticas atléticas son tan inútiles a esos efectos como las abstinencias del faquir o las mortificaciones del asceta.
Creer que sometiendo el cuerpo a disciplinas gimnásticas o dietéticas puede uno transformar su mente es algo tan peregrino como imaginar que firmando un manifiesto contra la gripe porcina se hace algo por erradicar la enfermedad. El cuidado físico está muy bien, pero las extravagancias consumadas en su nombre, innumerables en nuestra época, pertenecen a las banalidades mundanales adquiridas por simple snobismo. Si los lechuguinos de ayer dedicaban parte del día a las hebillas de sus zapatos y al lazo de la corbata, el snob de hoy ocupa sus horas modelando su fisonomía, escrutando etiquetas, engrasándose la piel con pócimas diversas, analizándose la sangre a fin de controlar el colesterol y los triglicéridos, etc. Todo para mayor gloria del cuerpo y del alma, igual que las mises de los concursos, las cuales declaran siempre que lo que importa es la belleza interior.
El culto al cuerpo ha crecido en proporción inversa al cultivo del alma. Se trata de un fenómeno históricamente previsible. Venimos de una tradición que despreciaba la carne. Ahora ocurre al revés. Tener un alma es cosa obsoleta y poco científica. Esta es la razón por la que muchos que no confían en ella organizan su existencia de acuerdo con tablas médicas o estéticas cuyos valores han adoptado como si fueran los preceptos de la ley de Dios. Aunque las peores extravagancias, aquellas que producen resultados gravísimos, suelan disculparse llamándolas enfermedades, en el fondo no son sino puras necedades. Las más populares son la anorexia y la bulimia. Junto a ellas han aflorado en los últimos tiempos otras de nuevo cuño, la vigorexia (que es como la pedantería en el orden atlético) o la ortorexia (especie de calvinismo en materia de alimentación), que esencialmente consisten en lo mismo, o sea, la supeditación de la conducta a un patrón externo, científico, social o estético, que se toma como medida de lo que hay que hacer.
Convencido de que un hombre es lo que come y que la dicha depende del recto alimentarse, el ortoréxico, por ejemplo, jamás traga nada sin informarse de su origen, de sus calorías y proteínas, los minutos de cocción, el modo y los medios empleados en trocear o triturar los alimentos, y luego, en la mesa, busca la posición más idónea para digerir, cuenta las veces que mastica cada bocado, etc. Un ortoréxico puede retroceder espantado si descubre que el huevo que le hemos servido no fue puesto por una gallina con pie en el suelo y si sabe esto después de catarlo le puede caer tan mal como a un musulmán la carne de un animal sacrificado sin respetar las prescripciones rituales. Las personas que encuentran graciosos los viernes de vigilia tienen aquí un amplio campo de diversión, infinito casi, pues resulta dificilísimo encontrar un mortal que no se ponga muy serio cada vez que alguien aborda estos asuntos.
La defensa preventiva a gran escala del propio organismo prueba que las cosas no van bien. Igual les ocurre a los estados que multiplican su arsenal armamentístico. A menudo lo único que se consigue con esto es desencadenar el mal que pretende evitarse. Luego, aquellos que adoptan esas medidas consideran una injusticia inexplicable que les ataque la enfermedad. “Murió de cáncer, aunque no fumaba”. Llevar una vida sana no nos hace más inteligentes, ni más profundos, ni mejores, pero tampoco confiere ningún derecho sobre la enfermedad o la vejez.
La gente, a falta de un alma inmortal, aspira a prolongar la vida todo lo posible. Esto es explicable, lo que sorprende es que no se tenga en cuenta que lo único que nos es dado prolongar es la vejez, una etapa de la vida en la que es difícil que los males que se le infligen al hombre no amarguen las pequeñas satisfacciones que todavía le restan.
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