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Cómo triunfar y cómo pifiarla en un debate televisado

mayor oreja y lópez aguilar se enfrentan este lunes en el segundo cara a cara

Miércoles 27 de mayo de 2009
El 26 de septiembre de 1960, 80 millones de estadounidenses siguieron el primer debate presidencial televisado de la historia. Los contrincantes, John F. Kennedy y Richard Nixon. Aquellos que disfrutaron del duelo dialéctico por radio dieron por ganador al republicano, mientras que los que lo hicieron por televisión al demócrata, en el primer y más claro ejemplo del poder de la imagen. Un joven y telegénico Kennedy conquistó al electorado con frescura y una cuidada estética, frente a un Nixon, ya veterano, que miraba el reloj continuamente. EL IMPARCIAL les desvela cómo, ya en la era del color, los cara a cara continúan siendo productos de ingeniería electoral, en los que cada pequeño detalle puede desequilibrar la balanza en un sentido u otro. Además, un sociólogo desvela a este periódico cuál es el perfil de un buen contendiente.


Juan Fernando López Aguilar y Jaime Mayor Oreja se volverán a ver las caras este lunes en Antena 3 y el próximo miércoles en un segundo debate en Televisión Española con motivo de las elecciones europeas. En esta ocasión, serán cinco los representantes políticos, un formato al que el público está menos acostumbrado pero no por ello menos atractivo: cada candidato dispone de menos tiempo para expresarse y son más las personas que pueden oponerse y rebatir un argumento. Hay que pulir la táctica aún más si cabe.

EL IMPARCIAL ha hablado con José Antonio Díaz, profesor de Sociología de las Organizaciones de la UNED y voz autorizada en campañas e imagen política, para analizar el fenómeno de los debates televisados y sus símiles con una partida de ajedrez: cada palabra y movimiento tendrá su respuesta, los errores pueden costar muy caros y, lo más importante, el jaque se producirá si se consigue romper la táctica del rival.

Incluso la primera impresión cuenta en una cita así. Apretón de manos entre los aspirantes y primer vistazo a la indumentaria. Durante la presentación del comunicador, dejar caer los brazos o cruzarlos también habla del político. La transmisión no ha hecho más que comenzar. “Todos los detalles son importantes, sobre todo en una cultura visual como la que vivimos. En la preparación de un debate hay que prestar mucha atención a la coherencia entre la imagen que se proyecta y lo que se dice. Por ejemplo, si el candidato apuesta por la modernidad en su discurso, debe hacerlo con una imagen moderna”, explica el profesor en referencia al aspecto físico de los contrincantes, en el que estética y pertinencia deben ir de la mano.

Pero, al fin y al cabo, lo que prima en un duelo de estas características es la palabra. La disyuntiva se plantea entonces en términos de eslóganes y frases sonoras frente a un discurso confeccionado en base a cifras y vocabulario político, o lo que es lo mismo, una discusión cargada de titulares frente a una profunda e ininteligible para el espectador medio. José Antonio Díaz valora que la clave reside en “expresar las ideas con claridad, concisión, contundencia y que no provoquen ambigüedad, puesto que el lenguaje audiovisual tiene que ser muy sencillo. La televisión es de consumo rápido y es la única forma de llegar al electorado”.

Pero, ¿cómo llegar a ese electorado?, ¿en qué medida un debate puede cambiar el sentido del voto? El sociólogo estima que “en torno al 70 por ciento de los españoles tiene el voto decidido y esa actitud sirve de filtro a la hora de analizar cómo se percibe a uno u otro candidato. Donde unos pueden ver serenidad, otros ven pasividad o demasiada tranquilidad. En definitiva, lo que se dice y lo que se percibe se filtra a través de una percepción previa”.



Es posible ganar... si se pierden los papeles
José Antonio Díaz afirma que poco queda a la improvisación en unos cara a cara que más bien podrían llamarse “intercambio de monólogos”. Pero el asesoramiento pre-debate no sólo se basa en el estudio y la documentación. Los aspirantes deben cuidar que ningún gesto o comentario puntual pueda dar una imagen equivocada. Un ejemplo es el ya citado de Richard Nixon, quien, con sus constantes consultas al reloj, dio imagen de esperar que el debate concluyera cuanto antes, acorralado por el más tarde presidente Kennedy. Díaz recomienda asimismo cuidar la sudoración, los tics, y no mirar al vacío o titubear cuando se tiene el turno de palabra. Tan simples detalles pueden trasmitir “inseguridad, incomodidad o acorralamiento”.

De vuelta a la idea del monólogo, el sociólogo reitera que “los debates están muy constreñidos por las propias condiciones del mismo y, en segundo lugar, porque hay más miedo al error que a rebatir una idea del contrario”. Díaz explica que uno de los candidatos es el que lleva la pauta y conduce al otro a su terreno. “Es el que gana”, asegura. Asimismo, y amparado en la experiencia que le acredita, desvela que “todos los expertos saben que uno de los principales objetivos es intentar poner al rival en una situación para la que no esté preparado. A partir de ahí pueden surgir los titubeos, las dudas y la equivocación, puede conducir a una inexactitud, a desconocer un dato”. Esto es, en definitiva, que aquel avispado candidato que sepa romper el guión y desviarse por un momento para noquear al rival, si bien arriesga el trabajo de varias semanas e incluso meses, rompe la posibilidad de un final en “tablas” y, lo más importante, “hace salir del guión al otro”.

Sin embargo, José Antonio Díaz lamenta que, la mayor parte de las veces que esto ocurre, “inmediatamente se vuelve al guión”. No obstante, pone un ejemplo del buen uso de esta táctica en la persona de José María Aznar cuando, en 1993, según reconocen todos los expertos y el propio sociólogo consultado por EL IMPARCIAL, “consiguió descolocar a Felipe González”.

Por último, este periódico preguntó al sociólogo de la UNED cuál debe ser la actitud del candidato que no dispone del turno de palabra, el receptor. No duda en su respuesta: “¿La actitud? Siempre activa, aunque no se esté interviniendo. También se puede descalificar al otro sin decir una sola palabra. Escuchar al rival, asentir o negar con la cabeza es importante”. El profesor aclara que, “si hay una acusación grave, contestar en ese momento ‘eso no es cierto’, sin interrumpir pero que sea audible, no sólo es necesario sino que es conveniente. No pueden acusarle a uno y mantenerse impasible, podría echarlo en falta el electorado”.

En definitiva, son muchos los resortes para conseguir, al menos, salvar el tipo ante millones de espectadores. José Antonio Díaz no quiso despedirse sin aludir a “dos grandes oradores”: Barack Obama y Nicolas Sarkozy, “los ejemplos de un buen mensaje bien empaquetado. El gesto, la entonación, la intensidad de lo que se dicen está acompañado por una actitud coherente. Trasmiten credibilidad, pasión y emotividad, y un modelo de entender la política de la palabra”.

Pero hasta los buenos oradores pueden tener un día malo. ”Se pueden dar circunstancias personales, que uno no tenga el día, que se esté enfermo o que no se haya preparado bien del debate”, explica Díaz, quien añade que, en España, “la mayoría de las veces se produce un empate porque los candidatos no pretenden convencer al electorado contrario sino sólo a sus votantes".



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