Opinión

Luces y sombras de Sanisidro (III)

José Suárez-Inclán | Miércoles 27 de mayo de 2009
De pronto un fragor inundó la plaza. Es un fragor breve e intenso, precedente inmediato del estruendo. Ocurre pocas veces: en las violentas tormentas de verano, en los huracanes y ciclones tropicales, en los tifones de los mares lejanos, y, en contadísimas ocasiones, en la plaza de toros de Las Ventas. Es un fenómeno que viene a producirse cada cuarto de siglo —la tormenta puede repetir con ligeras variantes— y que a meteorólogos, marinos, agricultores, habitantes de aldeas y ciudades, y aficionados a los toros, por más que conozcan su existencia, siempre los sorprende desarmados. En muchos casos el efecto de tal manifestación deja huellas imborrables, cuando no cambia, de manera radical, la propia vida.

Se había aposentado sobre la boca del cañón de Las Ventas una tarde tórrida, tarde del Pacífico, de un sopor limeño; una sábana sucia que irradiaba un calor opresivo, irrespirable. Condiciones terribles para torear, duras para confirmar una alternativa, pero perfectas para que estallase una tormenta tropical de imprevisibles proporciones. Y estalló.

Fue así, siempre es así: Salió el cuarto toro, un Juampedro negro mulato listón de 573 kilos. Ocurrió casi en el centro del platillo. Un potente fluido eléctrico giró con rapidez por las gradas y, tras un silencio breve y seco —como abandono místico de quienes saben que se aproxima un milagro— comenzó el fragor. Un fragor extraño, insólito, en el que participa y torea toda la plaza. Sin excepciones. En este fragor da comienzo el ¡oooleee! de una verónica que aún no se ha iniciado, en este fragor da comienzo la verónica, una verónica larga, lenta, interminable, de una belleza carnal y angélica, aturdidora, a la que el toro, irremediablemente, tiene que acudir. Cuando el animal llega al embroque, la tela lleva en el aire, a ras de arena, un tiempo indescifrable; el cuerpo del torero, casi aéreo, recogido en sí mismo, enviando el alma de la cabeza al pecho, del pecho a los pies, de los pies al cielo, está limpio de engaños, frente al toro, que desaparece, dócil en la tela, perdido y emocionado en ella, por imperativo categórico del toreo. Cuando ese fragor prolongado, que antecede, inicia, observa, acompaña, asiste y empuja a la verónica; que vuela y entra en la verónica, que es la verónica misma, finaliza con ella en un ole rotundo, se ha producido el milagro. Ocurre cada veinticinco o treinta años, más o menos. Los que no vimos a Cagancho, aún tenemos vivo el temblor de haberlo presenciado con Rafael de Paula. Los que lo vieron, también. Quienes estuvieron en Las Ventas el día 21 de mayo de 2009, día en que arrancaba la tercera semana de feria, vieron a los tres: a Cagancho, a Paula y a Morante de la Puebla. Yo sentí lo mismo que hace treinta años: una verónica única e inexplicable: la verónica.

Pues bien, así cuatro veces. Y media. Después llegó el galleo, la gracia viva en cuatro chicuelinas andando hacia el caballo. Y otra verónica. Y media. Ole. Y ole. No podía Morante parar de torear y volvió a los medios a cumplir con su deber, a cumplir un sueño: realizar el deseo del toreo soñado, cumplir con el arte en expresión sublime: hacer torear, hacer artista a la plaza entera. Allí, a paso pensado, volvió a la verónica: otras cuatro veces se perdía un toro, que al llegar a destino encontraba el cuerpo, liviano y descubierto del torero, todo para él, como la tela en la que entraba conmovido. Y de nuevo chicuelinas, llamas barrocas, la plaza al rojo; Morante, sobre el aire, la gracia, la curva máxima, el silencio, el vuelo: la rectitud curva del toreo. Toreo que se caía en medias verónicas, prendido entero como estaba en el capote milagroso de José Antonio, que lo meció hasta hartarse, hasta volvernos locos, hasta ensimismarse y, con todos en pie, saludar aturdido y humilde de vuelta al burladero. Fue uno de esos días en los que, inexplicablemente, la humanidad entera se enamora de esta fiesta. Un alemán, alto ejecutivo de Lufthansa, que asistía a una corrida por vez primera, solo acertó a decir (en bastante buen castellano, por cierto): me parece inexplicable.

Inexplicable fue que Morante pudiera seguir toreando. Con el toro partido por el capote lo llevó a la muleta con ayudados por alto —sabia decisión para su estado— como aire quemado, ritmo único, antiguo, de siempre. Nada era afectado, todo juego, pintura viva, poesía en el aire, que ya paraba el tiempo en derechazos augustos o sacaba, al toro casi acabado, naturales inimaginables. Estaba ahora Morante solo en el campo, recogía la muleta, dudaba si adornarse, abaniquear el aliento achacoso del animal, si darle otro natural… Todo era torería, luz clara, sin día ni noche, que asombraba la tarde de bochorno. Casi a paso de baile, miraba con pena y cariño al toro, se inventaba de repente otro natural, con la grandeza única de la imperfección, de las faenas para el recuerdo que ya no se pueden reconstruir. Ni recordar. Solo sentirlas.

Y marcó los tiempos y se tiró a lo alto. Cuando pinchó y cuando mató.

El toro se llamaba “Alboroto”. No mereció ese nombre. Lo merecía el torero. José Antonio Morante de la Puebla y Alboroto. Pepe Alboroto.

Nada menos ocurrió en la tercera semana isidril. La luz de Morante deslumbró la feria y dejó en sombra, asombrados, los destellos toreros de otras tardes. El 22, Juan Bautista, Perera y Talavante deambularon fantasmalmente entre fantasmas de Valdefresno y Fraile. El 23, Hermoso de Mendoza lloró ante su caballo Patanegra traspasado por el pitón sombrío de un Bohórquez, mientras triunfaba a ley Álvaro Montes. El 24, los Samueles, trampa y desmesura, mansedumbre tras la agresiva fachada, no consiguieron torcer el toreo firme del riojano Diego Urdiales: clásico como su apellido. El 25, los temibles novillos de Guadaira pusieron el corazón en un puño a Francisco Pajares, Juan Carlos Rey y Pablo Lechuga. Todos sufrieron —casi todos sufrimos— pero a Pajares insistió el toro en dañarlo. No pudo, triunfó la juventud y el arrojo del novillero. El 26 —corrida de la Prensa— tuvo luces propias. Dejémoslas brillar en la próxima crónica.

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