Opinión

Por una autocrítica valiente

Norberto Alcover | Jueves 28 de mayo de 2009
Tenemos miedo, pánico, y evidente vergüenza en los ámbitos eclesiales a tomar por los cuernos situaciones tan llamativas y degradantes como las recientes noticias de los abusos en determinadas instituciones religiosas católicas irlandesas. Años y años convertidos en escoria en función del rendimiento económico de los niños y adolescentes, de la miseria moral de sus gobernantes, pero sobre todo de la utilización de la carencia infantil y juvenil para justificar una pedofilia humillante y miserable. Y las autoridades eclesiásticas pero, también civiles, lo sabían. Uno se pregunta cómo es posible llevar adelante tanta brutalidad y delirio andando Dios por en medio y seguramente celebrándose eucaristías cotidianas en un ejercicio feroz de la hipocresía y de la doble moral religiosa, cívica, política y sencillamente humana. Y no encuentra respuesta. No la encuentra. Salvo en el misterio de eso que llamamos teológicamente el pecado del hombre. La presencia misteriosa del misterio del mal en nuestras vidas. Y como no sabemos qué decir, acabamos por negarlo y meterlo en el armario del olvido.

Como cuerpo de Cristo responsable por comunitario es necesario pedir perdón a esas personas deshumanizadas en sus años decisivos y preparadas, más tarde, para reproducir, tal vez cuanto daño les infringieron en aquellos caserones tristes y agrisados. Nunca bastará con dinero, aunque algunas instituciones se arruinen en el envite. Es necesario tomar medidas con los agresores, y sobre todo, intentar que en el futuro no vuelva a suceder. Y una reflexión de enorme calado y de enorme dureza: si hemos decidido que el celibato y la castidad se den en determinadas formas de vida cristiana, el filtro debe de ser implacable. Porque no basta con la misericordia posterior al delito. Es del todo necesario evitarlo en los momentos previos. A buen entendedor, eso. Ya está bien de farsas y silencios.

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