Opinión

Luces y sombras de Sanisidro (IV)

José Suárez-Inclán | Jueves 28 de mayo de 2009
Una luz emergió bajo el asombro de la semana de Alboroto. Y una sombra la sumió en las tinieblas, palidecieron aquellos fulgores y quedó afligido el corazón de la tauromaquia. La luz, potente, clara, joven, insolente, se encendió en las manos de Daniel Luque, un matador de Gerena de 19 años, un privilegiado que aún no ha entrado en la juventud y ya goza del soplo divino del toreo. La sombra acertó en el pecho de Israel Lancho, torero de Badajoz con treinta años, apenas conocido, con los pasos contados y perdidos por los ruedos taurinos, mucha edad para aguardar un triunfo y muy pocas corridas toreadas.

El 26 —corrida de la Prensa— la plaza se iluminó con dos aciertos: La elección de los toros de Parladé y la del joven matador Daniel Luque. A esta feria extraña en la que unas figuras no vienen y otras no llegan, las cogidas han dejado abundante sangre en el hule y se ha producido una aparición milagrosa, se le había de sumar otra rareza: resultó buena la corrida de la Prensa. De los cuatro Parladés de Juan Pedro, dos se aplaudieron en el arrastre, y uno —“Brindador” de nombre; colorado, bragado, corrido, bocidorado y ojo de perdiz de capa— se ovacionó camino del desolladero.

Mucho viento. Corría la bandera por un cielo del Greco, de luces excesivas y optimistas. Y en este vendaval apareció otro: un joven descarado que había hecho el paseíllo presuroso, como un chaval de instituto, desenfadado, a lo suyo, con la cabeza en sus cosas, rumiando para sí lo que iba a hacer. Después templando mucho la verónica, bajándola resuelto, hasta que tomó la muleta y —diciéndose aún sus cosas— se fue al centro y lo llamó a la distancia. Logró el silencio, lo enceló bien y dio varias series como en chotis: en un ladrillo. Pero con un toro de pareja. Con dominio, pulso y valor. Solo un catedrático con certificado de imbecilidad gritaba “¡que no!” ante la exaltación general. Ocurre mucho. Pero el niño Luque le puso en su sitio, aceleró la pasión y pudo producirse un linchamiento si no fuese porque esta es fiesta muy civilizada, de muchos trienios. Perdió las dos orejas en la espada y salió resuelto a recuperarlas en su segundo, de nombre “Calígula”, negro, con 610 kilos y cinco años y medio a sus espaldas. Cuando salió, vio a Luque y se volvió a toriles. Tal era la disposición del matador. Con sus años, lo lidiaba y lo fijaba como un veterano, y el toro, desesperado, se enceló en el peto hasta derribar. Había toro y había torero. En el tercio —terrenos de sol ya en sombra— estallaron los primeros oles. Dos trincheras y un desmayado bien sentidos; derechazos de escoba, series de valor y entrega, quietud… y al fin la tela ligada y dormida, sin retroceder un paso ante los puñales que le miraban dudando. Plaza en pie y corazón rojo. Si mata, corta cuatro orejas. En Madrid. Sin cumplir los veinte. No sería el primero. Pero hay pocos.

El 27, tres diestros sin cartel se enfrentaron a una corrida de cartel tan añejo como deslumbrante: la de los toros portugueses de Palha. Hubo luces en esa corrida en la que el viento mortificó lo suyo: El capote al compás de Paulita, que mima la verónica, baila el delantal y claquea la cadera en los remates, la muleta digna y sin trampas de Serranito, las ansias de torear de Israel Lancho. Sus ansias fueron su cruz y su sombra. Lancho, valiente, anhelante, acusó ante los Palha de Las Ventas las pocas corridas toreadas. Ya en su primer quite se echó el capote atrás sin fijar con claridad el pronóstico y lanceó sin fe ni cabeza, un remedo de gaoneras o saltilleras, a lo que saliese, con un valor entre desesperado y suicida. En sus toros, la postura, la cara ávida, la sustitución del oficio por la voluntad, confirmaban nuestra impresión. Cuando brindó a aquellos hombres de sombrero de paja y rostro extemporáneo, que jaleaban, emotivos, sus palabras, reparamos en su peinado en hebras hacia atrás, en su dolor trágico vestido de luces, y temimos lo peor. Nos habíamos trasladado a la posguerra. Al entrar a matar su último toro sucedió lo que la plaza, con un sexto sentido, el del conocimiento ancestral de la pobreza, quería conjurar: el Palha lo empitonó por el pecho, la tarde se hizo sombra, e ingresó muy grave en la enfermería.

Terminada la corrida, pudimos enterarnos de las palabras del brindis: “Os brindo este toro, porque sin vosotros, yo estaría muerto de hambre”. Aquella España. Y esta otra. Luces y sombras.

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