Viernes 29 de mayo de 2009
El dato de marzo pilló a no pocos desprevenidos. Jamás se había registrado una caída en el índice de precios interanual. El de abril, aunque esperado, seguía chocando. En mayo la caída interanual ha llegado a las ocho décimas, demasiado pronunciado como para dejarlo de lado. Mientras los técnicos se entretienen sobre si es conveniente hablar de “desinflación”, por referirse a un fenómeno puntual y pasajero, o “deflación” si la caída de precios es generalizada y sostenida, el debate político está lanzado y no hay quien lo pare.
Parece que toda la discusión verse, precisamente, sobre si lo que estamos viviendo se puede o no llamar “deflación”. Como al proceso de caída prolongada de precios se le asignan males sin cuento ni fin, a todo lo que llegan nuestros políticos es a decirse unos a otros que la estamos viviendo o que es sólo un pasajero espejismo. Cristóbal Montoro ha reaccionado al dato del IPC diciendo que “España está sumida en una deflación muy peligrosa”.
La idea de que la deflación es un mal que hay que evitar a toda costa proviene de la experiencia de la Gran Depresión, cuando coincidió parte de lo peor de ésta con una fuerte contracción de la oferta de los precios y, en consecuencia, de los precios. Pero la idea de que la deflación crea la crisis económica es, como mucho, una posible explicación y no la única. Parece, más bien, un desliz lógico del estilo post hoc ergo propter hoc. La crisis tiene su origen en un exceso de facilidades crediticias, en la multiplicación del crédito sin respaldo. Cuando se hace patente que el castillo de naipes creado por el sistema financiero no se sostiene, aparece la contracción monetaria, es decir, la deflación, que va acompañada de un ajuste en el sistema productivo. Pero, aunque ambos procesos, deflación y ajuste, sean concomitantes, no son la causa el uno del otro. Y aunque sean dolorosos, son necesarios, pues son el modo de llevar la economía financiera a sus justos términos reales. El ajuste, la crisis, es, en realidad, el inicio de la recuperación económica. Nada de esto aparece en el discurso de los políticos. Porque ni les interesa en verdad el origen de nuestras dificultades ni saben actuar más allá de la crítica política, tal como ha hecho este jueves el portavoz popular. No es ese el camino adecuado para ganarse la confianza de la sociedad.
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