Isabel Sagüés | Viernes 29 de mayo de 2009
Tras reclamaciones y disputas varias, el Instituto Geográfico Nacional de Francia se pronunció de forma definitiva en 1989, y determinó que el centro de Europa está en el Este, concretamente en la latitud 54º 54’ norte y longitud 25º 19’este, que se corresponde con una pequeña roca a 25 kilómetros al norte de Vilnius.
Para sorpresa de quienes vivimos en el otro extremo de Europa, y para los que durante generaciones el Este no existió, no deja de ser sorprendente que Vilnius sea el centro geográfico de un mundo que ha gravitado secularmente sobre occidente. Vilnius, capital de la República Báltica de Lithuania, no sólo es el centro geográfico del Continente, es también una espléndida ciudad, con el mayor casco antiguo de Europa del Este en el se dan cita todos los órdenes arquitectónicos, y en el que sobresale el barroco. Una ciudad que pese a los continuos avatares y vaivenes históricos, hora polaca, hora prusiana, hora rusa, está impregnada de raigambre europea.
Asentada a la orilla del río Vilna, crece, hermosa, entre colinas y rodeada por bosques. Ciudad placentera y con hechizo, Vilnius seduce a los visitantes por el encanto y la charme que despiden sus palacios, iglesias, calles empedradas y placitas. Desde la colina Gedeminas, donde se inició la vida de la ciudad hace ocho siglos, se tiene una espléndida visión de las torres y agujas de las múltiples iglesias que pueblan el centro histórico, un impresionante complejo arquitectónico, exuberante y singular, que en 1994 fue declarado Patrimonio de la Humanidad.
Según la leyenda, la ciudad fue fundada en 1320 cuando el Gran Duque Gediminas que acampó durante una partida de caza en la colina donde hoy se levanta el castillo. Una noche tuvo un extraño sueño e Interpretó que debía construir una ciudad, que, pasado el tiempo, se convirtió en un importante centro de comercio, y en el capital política y cultural del Gran Ducado de Lithuania, que abarcó, en el momento de máximo esplendor, la actual república homónima, más parte de Rusia, Biolorrusia, Ucrania y Polonia. Más tarde, con esta última formó una federación hasta que el naciente imperio ruso se apoderó de ambas naciones.
Tanto Lithuania como su capital recobraron vida propia en 1918, pero por poco tiempo. En 1940 cayeron en manos de soviéticos y nazis. Expulsados los alemanes en 1944, quedó convertida en un apéndice ruso. Tras el colapso del Pacto de Varsovia, el 11 de marzo de 1990 recuperó la independencia. En 2004 ingresó en la OTAN y en la Comunidad Europea. Fue entonces cuando el país volvió a tener cierto protagonismo en la Europa Occidental.
El hecho de que a lo largo de 2009, Vilnius sea capital de la cultura europea, junto con la austriaca Linz, es la oportunidad para demostrar que la antigua república soviética se está transformando en un país moderno, en el que se aprecia vitalidad y pujanza. Una vitalidad que se palpa sobre todo en su capital, que crece en altura con espectaculares rascacielos de cristal y acero, se manifiesta en grandes avenidas que rodean la torre de la televisión y los mastodónticos edificios que construyeron los rusos. El resto del país, con un 33% de la superficie cubierta por lagos y por bosques infinitos, lucha por salir de cierta modorra histórica. Un país que, pese a su interés, no está explotado turísticamente a diferencia de sus vecinas Letonia y Estonia.
Conocer Vilnius exige tiempo. La ciudad hay que pasearla, hay que vivir con intensidad todos y cada uno de sus rincones, tan exuberantes, tan armoniosos, tan peculiares, tan extravagantes a veces como la estatua dedicada a Frank Zappa. Se necesita tiempo para tomarse un café y ver el fervor de las ciudadanos que se acercan a las iglesias. Hay que bucear en sus mercadillos y no olvidar las tiendas donde venden artesanía, muy especialmente la dedicada al lino, toda una industria en desarrollo, ya con diseños al gusto occidental.
La visita a Vilnius puede empezar en la plaza de la catedral, una gigantesca explanada de la que parten dos calles fundamentales: la Pilies Gavté, que nos adentra en la vieja Vilnius, y la Gedemio Propektas, que nos lleva a la expansión urbanística de finales del XIX, lo que se conoce como la ciudad nueva, un área de calles amplias, con bellos edificios nouveau y decó, donde crecen tiendas, bancos, centros comerciales, hoteles, dependencias administrativas, que se cierra en el Parlamento y en la catedral ortodoxa, cuyas típicas cúpulas brillan a la orilla del río. Allí también está en Museo de las Víctimas del genocidio o de la KGB, que conviene visitar y asumir de cuanta barbarie somos capaces.
Tras dejar la blanca y neoclásica catedral, el principal templo de un país mayoritariamente católico, nuestros pasos se encaminan al casco antiguo a través de la Pilies Gatvé, una calle estrecha, empedrada, repleta de cafés, restaurantes, tenderetes. Un ir y venir constante durante el día, y un trajín que bulle por las noches y donde se concentra la vida nocturna de la ciudad. Poco después, en todas las direcciones empieza una superposición de palacios-los neoclásicos del ayuntamiento y el presidencial son soberbios- espectaculares edificios, iglesias. Sobre todo Iglesias: las gótica Santa Ana, San Nicolás y el monasterio de San Bernardino, la Evangélica Luterana del siglo XVI, y las barrocas San Rafael, Santa Teresa, San Casimiro, Santa Catalina, San Ignacio, la de la Asunción o la muy especial de San Pedro y San Pablo, con un interior barroco que deja sin aliento.
Pero sin duda lo que destaca en Vilnius es su Universidad, fundada por los jesuitas en 1579 por reclamo del rey polaco Esteban Batory, un convencido contrareformista. La Universidad fue durante generaciones el centro de la vida académica e intelectual de los países del Este. Está instalada en un singular edificio con doce patios, alguno excepcional, y la Iglesia de San Juan de extraordinaria calidad artística. En la Universidad estudió el gran poeta Adam Mickiewicz, el padre de las letras polacas que creció cerca de Vilnius.
No estaría completa esta crónica sin hacer mención a los judíos. El escritor francés Roman Gary escribió una estremecedora novela titulada “el bosque del miedo” que transcurre en los densos bosques lithuanos durante la invasión nazi. Gary conocía muy bien de lo que hablaba porque con el nombre de Roman Kucew nació en la comunidad judía de Vilnius, a la que también pertenecieron el paisajista Levtan y el escultor Lipchitz. Una comunidad poderosa, al menos desde el punto de vista cultural, con más de 250.000 miembros. Una comunidad que hablaba el Yiddish, de ahí el nombre de Vilna como todavía se conoce en España a Vilnius.
La historia de Vilnius está muy relacionada con la cultura judía desde que Gedeminas, el segundo duque de Lithuania, invitó hace siete siglos a tres mil judíos a establecerse en la naciente capital del Ducado. Una comunidad que fue creciendo en número y en presencia cultural. Era tal la fuerza de esta comunidad que se le conoció como “la Jerusalem del Norte”. A partir del siglo XIX fue el centro europeo del Yiddish y en el periodo de entreguerras el peso de la cultura judía fue espectacular. Floreció el teatro, la literatura, crecieron las librerías, se crearon numerosas escuelas y hasta se publicaron seis periódicos. De aquel esplendor quedan pocos vestigios. Maltratados primero por los rusos y masacrados después por los nazis, hoy sólo quedan 5.000 judíos. De las cien sinagogas sólo una permanece en píe. De los dos guetos, quedan ya pocos vestigios, están totalmente desfigurados. En las cercanías se ha construido un Museo del Holocausto como homenaje a quien dio brillo y esplendor al pequeño país y su capital, donde en 2011 se abrirá un nuevo Guggenheim, en un edificio singular firmado por la arquitecta anglo-iraqui Zaha Hadid.
TEMAS RELACIONADOS: