Opinión

Mohamed V cumple 100 años: realidad política y mito popular

Víctor Morales Lezcano | Viernes 29 de mayo de 2009
Según circula todavía entre las gentes mayores de Mequínez (Meknès, luego de su transliteración al francés), el rey Mohamed V era llamado (Abu) Hamada por los niños de su entorno tanto en la escuela como en los alrededores de la residencia majzení en la que su padre -el entonces sultán de Marruecos, Yussef ibn Hassan- le había casi confinado.

Aquel niño, de complexión clara y de natural contenido, fue proclamado sultán de Marruecos a los dieciocho años de edad, a la muerte de su padre acaecida en noviembre de 1927. A partir de entonces, y hasta 1957, Hamada sería reconocido en adelante con el nombre convencional, áulico, de Muley ben Yussef.

El Protectorado francés en la zona sur de Marruecos era una implantación administrativa y militar reciente (a partir de 1913), pero que había encontrado en el mariscal Lyautey un maître colonial de excepción. A él le fue debida la coalición entre los intereses europeos y la pervivencia residual del Marruecos “señorial”, caidal. O sea, de la sociedad cimentada sobre las tribus y sus confederaciones. Dominar, aunque acoplándose a las características del indigenato: tal fue la máxima del Mariscal, y de la República.

El joven sultán percibió desde un principio los términos del duelo subyacente bajo la superficie de la realidad colonial que la gran exposición imperial de París (1930) trucó magistralmente.

De una parte, estaba Francia, encarnada en la persona del Residente General de la República en Marruecos, y la plétora de intereses metropolitanos que con los años no harían sino engrosar con largueza. De otra, había un sentimiento de orgullo patrio adormilado, que despertaron los líderes nacionalistas de los años 30: Allal el-Fassi, un intelectual de factura salafí; Abdeljalek Torrres, el andalusí de Tetuán abierto al Oriente clásico, pero también al Occidente. Y otros tantos de ellos como Balafrej y Uazzani. En medio de estas dos visiones llanamente incompatibles la una y la otra, se yergue en la historia del Marruecos contemporáneo la figura de Mohamed V, nombre definitivo con el que el pequeño Hamada ha pasado a la Historia, a partir de 1957. Justo cuando la posguerra desató un oleaje independentista en todo el Mundo Árabe-Islámico y en otros “mundos” también.

Mohamed V vio claro desde 1930 que el enemigo era Francia. Y que sus aliados eran el movimiento nacionalista árabe y Estados Unidos. Y en la otra orilla del Estrecho, la España de Franco, amenaza secundaria en la percepción que el Rey fue desarrollando de un Marruecos territorialmente unido y solidario con los “hermanos” magrebíes (tunecinos y argelinos), también ellos embarcados en la misma nave que transportaba al partido del Istiqlal y al pueblo de Marruecos hacia la Independencia y la Constitución.

Cuando una buena tarde de 1958, Sidna -la Majestad alauí- pudo recuperar el transcurso del lapsus temporal existente entre 1927 y 1957, en la placentera soledad de un rincón cualquiera del Palacio, el don de la intuición política le sobrevino una vez más para guiarle. Sin perder la sobriedad -afable a veces, determinante, en otras ocasiones-; persiguiendo su idea-guía: la conversión de su patria en una encrucijada equitativa entre la tradición y el futuro, el rey del Maruecos pendiente de su conversión en estado-nación moderno moldeó los cauces por los que discurrieron las aguas del Mogreb al-Aksa, poniente atlántico para el Mundo Árabe-Islámico .

Fue así como el Rey inició la consolidación del trono contra viento y marea. Sin ello, el país habría podido fácilmente ser “despedazado” otra vez; o convertirse en almoneda para granjería de políticos “sospechosos”. Su hijo, Hassan II, heredó este rasgo mental de Sidna, con las consecuencias ulteriores que ello tuvo en el duelo, trascendental para la historia política de Marruecos entre el Rey y los partidos políticos constitutivos del arco parlamentario. El pulso lo ha venido ganando Palacio. Falta por ver si habrá algún día un empate cargado de emoción.

La aureola islámica que venía coronando la dinastía alauí desde hacía tres siglos, hizo el resto a favor de Mohamed V, príncipe de los creyentes musulmanes.

De modo tal que el Monarca devino, por decisión propia, el presidente de los gobiernos del Reino a partir de 1957. Esta decisión selló el futuro político del país; aquí entran de pleno derecho las lecturas presentistas de un pasado irreversible. No es esta efemérides, ocasión adecuada para proceder a ellas.

El 26 de febrero de 1961, Mohamed V falleció a los 52 años de edad, de resultas de una intervención quirúrgica que de ningún modo pudo presagiarse que tuviera tan fatal consecuencia.

El destino dictó su implacable sentencia: nadie se muere la víspera.

Ahora que se celebra el centenario del nacimiento del Hamada mequinés (1909), del Sidi ben Yussef de 1927, del rey Mohamed V que conservamos vivo en nuestro recuerdo, se preparan actos y fastos en todo el país para homenajear al “padre de la patria”. (Aquí entraríamos por la puerta trasera del mito popular, levadura muy necesaria para que crezca día tras día el plebiscito cotidiano que consagra una nación. Como en nuestros clásicos del Siglo de Oro, todos a una en Marruecos, se hicieron devotos del Trono).
Otra cosa es que, al lado de las exaltaciones desatinadas del personaje y de los tediosos panegíricos de siempre, circulan las interpretaciones historiográficas encargadas de analizar y evaluar, sine irae et studio, un reinado que ha hecho época en Marruecos.

Recuerdo aquí, a título de coletilla profesional, las obras de Charles-André Julien y Daniel Rivet sobre el hombre y su época. A retener, además, la reciente rememoración del personaje histórico por mi viejo amigo M. Laarbi Messari titulada, Mohamed V: de Sultán a Rey (Rabat: Matbaat Arrissala, 2008).

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