Opinión

García Lorca y el sueño de un fiscal

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 01 de junio de 2009
“Ilmo. Sr. Director del Instituto Gral. y Técnico de Almería: Federico García Lorca, natural de Fuente Vaqueros (Granada), vecino de Almería y de diez años de edad, con la consideración y el respeto debido á V. I. expone: Que desea ser admitido a examen de ingreso en los que se han de verificar en el próximo septiembre en ese Establecimiento de su digna dirección, para el estudio del Bachillerato, por lo cual
A. V. I.: suplica se digne admitirlo, previo pago de los derechos correspondientes.
Dios guarde á V. I. muchos años.
Almería 28 de agosto de 1908.
Federico García Lorca.”

Es harto probable que la anterior solicitud conste en todas o casi todas las biografías sobre el autor del Romancero Gitano. El articulista, que no dispone ahora de ocasión para verificarlo, en modo alguno la reproduce, llevado instintivamente por su oficio, a manera de trofeo o conquista de venación documental. Remecido por la taraceada letra y el patinado texto poblado de resonancias de una civilización ha poco desaparecida, sólo desea trasladar a su coetáneo lector la viva emoción levantada en su ánimo por una escritura salida de la misma mano que alumbró algunos de los paisajes más deslumbrantes de la poesía española contemporánea. Atravesaba su etapa cenital uno de los gabinetes ministeriales de más dilatada y, en conjunto, fecunda existencia de nuestra historia parlamentaria –el llamado “Gobierno Largo”, de D. Antonio Maura- cuando un niño de tremente sensibilidad se aprestaba a entrar en el mundo de la cultura, a través del cual algunas de las almas más ardidas de la época “soñaban –machadiana y gineriamente- en el porvenir de España”… ¿Qué locura arrebató a una de las generaciones de mayor calado ético y densidad humana para que sus ardidos sueños acabasen en una tragedia de dimensiones de rara repetición en el catálogo de los horrores perpetrados por los hombres?

Todavía en vísperas de su muerte, sobrevenida recientemente en edad nonagenaria, el antiguo fiscal almeriense que facilitase al cronista la instancia lorquiana atormentaba muchas de sus horas con la dramática interrogante. Espectador, D. José Paniagua Gil, lacerante en sus días juveniles de algunos de los episodios más excruciantes de la violencia ibérica en su tierra natal y admirador inembridable de la obra del poeta granadino, llegó al término de su generosa y liberal andadura sin escuchar la confesión colectiva de culpa y arrepentimiento que, en su noble opinión, hubiera cerrado definitivamente en paz y justicia el capítulo más ominoso de una historia nacional esmaltada también con notas nacaradas en otros pasajes de su curso.

¿Y hasta cuándo así? ¿En qué instante del futuro la sociedad española, movida por un resorte de limpieza moral y tonificante convivencia, pondrá fin a un tema desgarrador y tantálico? La memoria de Lorca y de su idólatra lector, el fiscal que, en tiempos obscuros, se afanara silente e indesmayablemente por restaurar la unidad tensionada de un país dislacerado, bien lo merecerían.

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