Pedro J. Cáceres | Martes 02 de junio de 2009
Las cosas son como son para parecer lo que parecen. La Feria de San Isidro, en su concepción, era muy mala, y a punto de periclitar salda peor el parecido que su previsión.
Los últimos quince días han sido un bajonazo a la demagogia, nunca mejor dicho, barata sobre las corridas “duras” de la semana “torista” y los toreros “machos” que se atreven con ellas: coartada perfecta que el “despotismo iletrado venteño” (también llamado afición) con su padrinazgo sirve a la empresa explotadora para su uso y abuso: al detall, como pregón, y a granel.
A penas cuatro corridas de las que llaman “comerciales” – de forma tan gratuita como ignorante- en esta segunda mitad: corridas de ganaderos ganadores (de todo) para figuras, “figuritas” y posibles en la que tan sólo la de Valdefresno cumplió los objetivos preconcebidos de los “reventadores” en tarde en la que ya estaban bajo mínimos castrados en su perversión por las “tuertas” corridas de Cuvillo y Juan Pedro ante tanta ceguera de continente (afición impostora) y contenido (“moruchería” del gusto de tal afición).
En la de Cuvillo no perdonaron a Perera que les callara en un quite escalofriante, para pasarle factura de incordio en una excelente actuación ante el toro de más clase y por lo tanto diana de invectivas. Tarde en la que Juli debió cortar la oreja del noble cuarto y El Cid de hace un año hubiera cortado la dos de un encastado quinto. El infortunado final de “la película” dio oxigeno a “la torcida” para la corrida de Juan Pedro.
Tarde en que los tibios elogios, por polvorín mojado, se los llevó el sexto; pero merced a la clase y bravura del tercer toro, menos reprobado que el segundo (con calidad, ideal para Manzanares, y por lo tanto devuelto) y sorteado por Morante, el de la Puebla escribió una de las páginas que se unen a la historia de los grandes acontecimientos de Las Ventas. Hecho único en su historia y previsiblemente irrepetible no sólo por la calidad (que se supone) si no por la extensión e intensidad a más que supuso la conjugación de hechos en que la plástica, la estética y la torería secuenciaron una serie de excepcionalidades subvirtiendo la “vergüenza torera”: además de la aparición de los duendes de un genio en el momento preciso, que no haya oportunidad de intervenir en la obra ningún compañero, que el artista se emborrache de lo puntual hasta el culmen sin importarle el futuro inmediato con la muleta, que el público lo disfrute en comunión con el artista despojándose de atavismos reglamentistas y otros complejos y… por encima de todo un toro bravo, de Juan Pedro Domecq, que por clase, calidad, casta y motor sea el anónimo y sacrificado partenaire a la hora de exclusivizar honores para que tan bella coreografía la totalice y la totalitaricen todos los que la gozaron.
La total delación de esta “banda del Empastre” –extraño mestizaje entre la alpargata y palillo en comisura vociferantes y los “borjamari” mascullantes unos, y silentes la mayoría- llegaría con la lidia del otro hierro de J. Pedro (Parladé) por aquello de las “dos tazas de caldo” y como en periodismo las dos fuentes como menester para contraste. Y Daniel Luque, molestado toda la tarde (¡quee nooo!, ¡muyyy maaall! de no ser por la espada pudo cortar de tres a cuatro orejas, pero deja una tarde con la de Morante que redime en parte a los “sufridores” de “hardbull”, para cartelería barata y anónima y jaula de grillos con etiqueta de afición.
Un antes y un después. Fue la tarde en que Luque (casi un niño) “les puso el bozal”.
Solo les quedó retratarse en la “foto finish” refugiándose en la mentira de la casta y la bravura en la que llevan instalados y de forma espuria mucho tiempo: con un torero en la enfermería a punto de perder la vida un minuto antes, provocar el saludo del desvergonzado vaquero animado por “su señorito”.
¡Desvergüenza torera! Obrigado.
TEMAS RELACIONADOS: