Opinión

El escándalo inglés

Miércoles 03 de junio de 2009
La ministra del Interior británica parece ser la última víctima del gabinete de Gordon Brown, cuya legislatura actual está marcada por los escándalos de corruptelas diversas entre los suyos. Previamente, fue el titular de Transportes y a ellos hay que añadir una larga lista de diputados laboristas cuyas facturas cargadas al erario público eran tan fastuosas como injustificadas. Hasta una figura tan emblemática como el “speaker” de la Cámara de los Comunes se vio obligado a dimitir por el asunto de los gastos parlamentarios. La lista de despropósitos es demasiado abultada, lo suficiente al menos como para que los conservadores pidan el adelanto electoral.

Y razones no les faltan. El liderazgo de Gordon Brown, de por sí algo desgastado, ha sido puesto en entredicho con un auténtico aluvión de comportamientos irregulares a los que no ha sabido hacer frente. Es normal que el electorado británico sospeche del laborismo en pleno, a la vista de las revelaciones que parecen no cesar. Cuando hace pocos días un diputado “tory” se dirigía hacia la bancada “whig” parafraseando a Shakespeare con un lapidario “algo huele a podrido en el laborismo”, muy probablemente estaba hablando por boca de muchos ingleses, laboristas o conservadores. Nada hay peor en política que aquellos que se prevalen de su condición de servidores públicos para enriquecerse ilícitamente. Y eso, en el país cuna del parlamentarismo moderno, se castiga duramente. Pero la moraleja bien puede traspasar en Canal y hacerse extensiva a todo el continente: los errores del laborismo pueden -y deben- desbancar a Brown de Downing Street. Es el precio de la falta de honestidad: una triste condición de la política de la que escapan pocos partidos, aunque la inmensa mayoría de los políticos sean gente honrada –por más que con algunos puntos de vanidad mayor que el común de los mortales.

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