Opinión

La obsesión del Gobierno tiene nombre y apellido

Alejandra Ruiz-Hermosilla | Jueves 04 de junio de 2009
Con las cuestiones de seguridad no se juega. Ni siquiera en plena campaña electoral. Pero la obsesión de este Gobierno con José María Aznar es tal que ha alcanzado dos elevadísimas cotas, una de irresponsabilidad y la otra de estupidez. La primera ha sido que un miembro del Ejecutivo, ministro de Fomento para más señas, revele los detalles del dispositivo de seguridad que protege a un ex presidente del Gobierno. Y la segunda, que José Blanco, “Pepiño” para el 99’9 por ciento de los españoles, critique las medidas que La Moncloa ha establecido para velar por la integridad física de quien fue su inquilino durante ocho años.

El 19 de abril de 1995, la banda terrorista ETA intentó asesinar al hoy presidente de FAES en un atentado con coche-bomba del que salió vivo gracias, precisamente, a la seguridad que le rodeaba. Algunos mostraron ya entonces su visceral antipatía hacía esta víctima de la violencia terrorista y ni siquiera le transmitieron su solidaridad.

En las horas siguientes a los trágicos atentados del 11 de marzo, coincidentes con las horas previas a las elecciones generales del 14 de marzo de 2004, fueron muchas las voces que responsabilizaron a Aznar de la tragedia y algunas las que le llamaron “asesino”. El argumento era que la decisión del ex presidente de enviar soldados españoles en misión humanitaria a Irak había sido la excusa, que no la razón, para que los terroristas asesinaran a casi dos centenares de personas en Madrid.

Durante el espacio de tiempo que separa aquellos comicios de esta campaña electoral a las europeas, José María Aznar había abandonado la política activa, nunca la actividad política. No dejó las filas del Partido Popular, pero no batallaba en primera línea. Aún así, no pasaba ni un día sin que el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero hiciera una o varias referencias críticas a sus años de gobierno, a su figura, a su legado, a su fundación, a sus libros…

Y ahora que Aznar ha vuelto porque se siente cómodo en la estrategia de campaña diseñada por el PP y porque cree que Jaime Mayor Oreja puede ganar el próximo domingo, el fantasma del Gobierno ha cobrado renovada energía y presencia. La sábana blanca y la bola a rastras por los pasillos del Palacio de La Moncloa no tendrían mayor importancia si no fuera porque han conducido al Gobierno a la cima de la cumbre llamada barbaridad: han puesto en riesgo la vida de un amenazado por ETA y, en su escalada hacia el disparate, superada la etapa de los vídeos insultantes, se han criticado hasta a sí mismos. Lo bueno de este asunto es que apenas quedan unas horas de campaña electoral y que, si una moción de censura del PP no lo remedia, nos esperan unos largos meses sin propaganda electoral socialista en los que incluso es posible que haya algún día entero en el que ningún miembro del Gobierno pronuncie el nombre y apellido de quien les quita el sueño: José María Aznar.

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