Ricardo Ruiz de la Serna | Viernes 05 de junio de 2009
Esta semana la Federación de Comunidades Judías de España ha entregado a Pilar Rahola el premio Senador Ángel Pulido que conmemora al hombre que tanto hizo por acercar la comunidad judía a las instituciones españolas. En el acto de entrega, se habló de antisemitismo (¿no debemos llamarlo con más precisión judeofobia?).
¡Ah! Pero España no es un país antisemita…¿No?
Hace algunas semanas, invitaron al Presidente de la Federación de Comunidades Judías de España, Jacobo Israel Garzón, a dar una conferencia en la Universidad Complutense en una mesa redonda titulada Racismo y antisemitismo en la España actual. El recibimiento no pudo ser peor: lo acogieron con gritos e insultos. En una pancarta se leía judío usurero. Algunas de las preguntas que se le formularon fueron tan ofensivas que deberían sonrojarnos a todos y deberían avergonzar profundamente a cualquiera que ame la Universidad.
14 congresistas estadounidenses han escrito al Presidente del Gobierno para manifestarle su preocupación por el creciente antisemitismo que se vive en España. Desde la tolerancia con las viñetas que identifican a los israelíes con los nazis –no se ha destituido a ningún director ni editor por ello- a los ataques a dos sinagogas durante la última operación israelí contra Hamás, en España hay un antisemitismo que no será institucional, pero que tampoco se preocupa de ocultarse.
La sinagoga del Call de Barcelona sufrió un ataque el 30 de enero, en el que resultó herida una persona y en el que se produjeron también daños materiales. Hubo incidentes en otras dos sinagogas barcelonesas ese día. Era el cuarto acto antisemita que se producía en Barcelona en pocas semanas porque el 11 de enero la agresión fue contra la sinagoga de Chabad Lubavich de Barcelona. Sí, tal vez España no sea antisemita, pero hay antisemitas en ella y no tienen que esconderse.
He aquí el meollo: en otros países hay personas que profesan y predican el odio a los judíos. Suele suceder que también odian la democracia, la libertad y otro montón de cosas; bueno, en realidad sobre todo odian. Esta gente tiene poca credibilidad y menos influencia. Sin embargo, en nuestro país, un periódico publica por sistema que la capital de Israel es Tel Aviv –negando así la legitimidad de Jerusalén como capital del Estado de Israel- y no pasa nada.
Bueno, a veces sí pasa.
A veces, algunas personas alzan la voz y renuncian a la comodidad del silencio. Entonces, sucede un fenómeno curioso: se rompe la espiral del silencio y son muchos los que se alzan del miedo al ver cómo otros hablan. Era esa palabra silenciada la que permitía la impunidad de la pintada ofensiva en la fachada del templo. Como nadie decía nada, alguno se ampara en el gentío para proferir el insulto y levantar la pancarta. Así, la denuncia del antisemitismo, el racismo, la xenofobia, la islamofobia –otro día hablaremos de ella- es un deber cívico y un signo de salud democrática. En cambio, la pasividad es un peligroso síntoma de que algo va mal. Se empieza por las minorías… y se termina con todo el que no marcha al paso de la oca. La s iniciativas de Acción para la Concordia en Oriente Medio, por ejemplo, tienen muy presente esta dimensión de que el problema con los radicales no comprende sólo a los judíos, sino que nos termina afectando a todos.
Quizás España no sea antisemita, pero los antisemitas –los judeófobos- gozan del falso crédito que les brinda el silencio de casi todos los ciudadanos.
Es hora de que hagamos algo para cambiarlo.
¿No les parece?
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