José Suárez-Inclán | Domingo 07 de junio de 2009
Al maestro Luis Francisco Esplá en su gloriosa despedida de Madrid
Un fogonazo insoslayable alborota de nuevo el orden de aparición de las luces y sombras de esta feria, ahora ya cambiada de nombre a Feria del Aniversario con la aparición de las primeras malvas de junio en las cunetas.
5 de junio, toros de Victoriano del Río para Luis Francisco Esplá, Morante de la Puebla y Sebastián Castella. Tarde singular, notabilísima en su cartel, esperada como el agua de mayo (o de junio) que amenazaba con caer y esperanzaba con engrosar la mitología de otras tardes históricas de primavera tardía en Las Ventas, de las llamadas “tardes de la lluvia”, generosas en glorias taurinas en la memoria de los aficionados.
Una ovación tras el paseo. Luis Francisco Esplá, como un dios ibero, cuajado de oro sobre la seda escarlata, iba a matar su 86 corrida de toros en esta plaza. Y se iba a ir. A sus 52 años, tras 33 de alternativa: la edad de Cristo de alternativa. Se deslió de forma inconfundible el capote de paseo, lo entregó en barrera, y salió a saludar solicitando la compañía de sus compañeros. No era el caso: Morante aplaudía generoso pegado a las tablas, Castella se quedó en el burladero. Muchos años profesando el arte de los valientes, el torero alicantino, descubierto, amado y reconocido en esta plaza por encima de todas. Esplá, antiguo y mediterráneo, romántico de profesión y dinastía, hombre cabal e instruido, practicante del toreo y otras bellas artes, aspiró a un imposible, a la quimera perdida de resucitar el antiguo toreo sobre las piernas, de gracia alada, a revivir viejas costumbres y suertes… pero los toros de ahora ya son otros, hechos a otra medida y otro concepto de la lidia y Esplá resultaba esquinado, con rincón propio, más valorado por profesionales y por ciertos partidarios inconsolables que por el grueso de la afición. Menos en Madrid. Y menos ayer. Con Esplá se da por cerrada una puerta que él volvió a empujar cuando ya estaba entornada y, al chirrido de sus goznes, consiguió demostrar que la emoción del toreo no era patrimonio exclusivo de la reducción de espacios hasta su desaparición, o de parar y templar la embestida hasta la inverosimilitud. Con Esplá el valor y la ligereza aún pudieron conjuntarse para hacer saltar el júbilo en las gradas. Pero saltar hasta el éxtasis, hasta equivocar los ritmos del corazón, hasta aunar en diez escasos minutos todo el sabor clásico de la Antigüedad con el temple denso y hondo del toreo actual, ocurrió el 5 de junio de 2009. El día de su despedida: ocurrió ayer.
Hace un par de años le pedí a L. Francisco Esplá que me escribiera un artículo para el periódico El País en las colaboraciones que incluíamos por Sanisidro. Aceptó gustoso, sin pegas, con su generosidad habitual. Convinimos en que sería sobre los vestidos de torear. Sus amplios conocimientos de estudioso de la lidia, su experiencia de matador, pintor, licenciado en Bellas Artes y diseñador de sus vestidos, le señalaban como el hombre ideal para ello. Se iba terminando la feria —ya estábamos en junio, en la del Aniversario— y no mandaba el artículo. Al fin un día, su apoderado Paco Sánchez, me dijo: “No te preocupes, que el maestro no se ha olvidado, mañana te lo manda, pero me dice que preferiría escribir sobre otra cosa; ¿hay algún problema?”. “Ningún problema —contesté. Lo que quiera el maestro”. Al día siguiente recibí un artículo, breve y dramático, de una belleza humana honda y torera, que guardo, como muchos buenos aficionados, en el corazón. Se titulaba «Esto me está matando» y recorría en dos pases todo el aprendizaje del fracaso sobre su larga vida taurina. Citando la frase de Ramón Gómez de la Serna: "Que el hombre es básicamente un decantado de zapatos rotos", saltaba al alma soñadora del torero, que es el alma de los sueños irrealizables de todos los hombres y llegaba a la conclusión de que “algo de esto tiene el alma del torero... Algo de zapatilla gastada”. Y terminaba: “Yo quise un día torear porque intuía la vida en ello. Y de pronto he llegado a la conclusión: ¡Que el toreo también me está matando!” Ayer, el último toro de Esplá en Las Ventas le devolvió el brillo a sus zapatillas gastadas y materializó definitivamente su intuición: la vida estaba en ello.
En su primero toro — Soleares—, bajo un vendaval, se vio que el maestro no venía a cumplir sin más el expediente: torero, quitó por chicuelinas con un remate como un soplido y puso banderillas, con más pausa, menos carreras que antaño, pero sin perder la cara. En la muleta, esa ligereza frágil que conmueve y entusiasma: la de los toreros viejos. Esplá, muleteando con aire y sabiduría, me gustaba más que antes. Salió el 4º, Beato, colorado ojo de perdiz de bella lámina y 620 kilos, el último, quizá el soñado, que iba largo, noble, bravo, y se quedó fijo en el peto. La torería, la majeza con que miraba y se iba al toro en banderillas, era un tratado ético. Levantó el toro la cabeza en el último par y cayeron al suelo los palos, lo que intensificó la enseñanza. Fue el par más hermoso. El tesón y el tiempo. Luego brindó, con emoción, se tocó el corazón —igual se palpó el alma— echó la montera y sin más miramientos se fue a torear. Mano en el burladero, una especie de puente del valor a la antigua, lo recibió en tablas, lo anduvo hasta el tercio y allí ligó, largos y gráciles, puro clasicismo, justas de tiempo y sitio, como vuelos bajos de pájaro, las mejores series de derechazos naturales de su vida al inmenso toro embrujado entre el delirio de la multitud, que, en la 3ª, gritaba ya “torero, torero”. Siguió al natural dibujando en la arena —ya oro— andándole con desmayados, firmando, metiéndole en los de pecho, cambiando celestialmente, ya a pies juntos, ya a compás abierto, hasta rematar con la alegría de un farol. Delirio torero en Madrid en la faena de su vida. Lo mató recibiendo y, tras dos descabellos, la plaza en ebullición, entregó las dos orejas de Beato. El Beato de Esplá. El toro, a petición del matador, dio la vuelta al ruedo. Esplá, la vuelta al cielo.
Mientras público y toreros aplaudíamos, un secreto pensamiento nos recorría insistente: ¡Quién pudiera despedirse por la Puerta Grande! Al fin y al cabo, ya lo dijo Miguel de Cervantes, maestro de toreros y escritores: “Hasta los cincuenta años no se dicen más que tonterías”.
Hasta siempre, maestro.
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