Opinión

Un Don Juan imposible

Concha D’Olhaberriague | Martes 09 de junio de 2009
El teatro María Guerrero de Madrid, sede del Centro Dramático Nacional, tuvo no hace mucho el acierto de poner en escena Platónov, la primera obra teatral larga de Antón Chéjov. La pieza fue abandonada por su autor sin título ni conclusión; seguramente no daba con un desenlace verosímil y el final de sus composiciones, narrativas o dramáticas, le preocupó sobremanera, como acredita su copioso epistolario. Platónov, maestro de escuela casado y con un hijo, ejerce un atractivo irresistible sobre las mujeres, y él se deja seducir con más resignación y fatalismo que vitalidad, gozo o decisión. Se diría que es un conquistador a su pesar.

Don Juan es un mito, pero no es seguro que sea universal. Lo es su recepción, tal vez, cosa distinta es su origen. Ortega veía natural que su ciudad fuera Sevilla y le parecía inimaginable que hubiera nacido en una urbe poliorcética, decía él, como Toledo. En Francia se hizo reflexivo, y a Italia viajó con éxito. Ha tenido muchos avatares. Para conocerlos con una interpretación lúcida y amena les recomiendo el libro de Pepe Lasaga Las metamorfosis del seductor.

Los personajes del dramaturgo ruso se exhiben indolentes y abúlicos aunque esa laxitud suya enmascare torbellinos interiores y pasiones truncadas que afloran en un lenguaje entrecortado, urdido con monólogos que se cruzan a modo de plantos incapaces de componer un diálogo. El trasfondo y la atmósfera de sus grandes dramas son descendentes, y el ambiente está salpicado de las menudencias que pueblan la vida humana de los seres desdichados. La felicidad habita tan sólo en lontananza, reservada, si acaso, a generaciones venideras, previo sacrificio abnegado de las presentes. Un sentimiento de culpa congénita agobia a muchos personajes. En el campo no hay esperanza y en la ciudad sólo sobreviven los talentos con pocos escrúpulos.

La obra primeriza de Chéjov es un gran borrador que contiene gérmenes de todo su gran teatro posterior. Pero en él no hay ningún Don Juan cabal, con impulso burlador, afán de fruición y voluntad de olvido de la muerte. Tampoco cuadran la profesión de Platónov y su condición de padre y esposo. Y, así, Chéjov hace que, enfermo y tras un amago de suicidio, muera a manos de una de sus amantes, Sofía Egoróvna, en presencia de otros personajes, lamentándose de su miedo a la vida y maldiciendo su incapacidad de sentir “pasiones monstruosas, al estilo español”. Este Don Juan frustrado dice, por el contrario, que ha matado a las mujeres “estúpidamente, a lo ruso”.
Antón Chéjov no quiso que esta obra se representara.

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