Opinión

La trampa de la moción de censura

Miércoles 10 de junio de 2009
El triunfo obtenido por el PP en los comicios europeos del pasado domingo ha traído consigo el rumor -convenientemente alentado desde Génova a modo de globo sonda- de una posible moción de censura. Con el resultado de las urnas aún caliente, hay quien ya se atreve a conjeturar sobre posibles adelantos electorales y demás arbitrios. Como no podía ser de otra manera, los populares se han apresurado a enfriar la posibilidad de que tales cosan sucedan, pero se les ve cierto atisbo de indisimulada satisfacción cuando se les menciona el tema. Desde el PSOE asisten, entre incrédulos y divertidos, a que un resultado electoral tan poco notorio -23 diputados populares frente a 21 socialistas- esté provocando una indigestión de éxito tan ridícula en sus adversarios.

Las mociones de censura son un instrumento para utilizarse en circunstancias muy especiales. No es el caso, desde luego. Los desbarajustes provocados por la gestión del señor Zapatero tienen una pequeña cuota de responsabilidad que cabe atribuirle a Mariano Rajoy: su pacata labor de oposición, fruto de un liderazgo prendido por alfileres y una falta de definición alarmante han hecho que el Gobierno se crezca ante la falta de una alternativa clara, poco clara al menos para los electores –que, en definitiva, es lo que importa. De hecho, hay quien se frota las manos en Ferraz con el posible fortalecimiento que las elecciones europeas han provocado en la figura de Rajoy: piensan que les conviene que siga al frente del PP. Por todo ello, se antoja harto complicado que se produzca dicha moción de censura.

Además, falta algo fundamental: apoyos. Bastante le cuesta al PSOE sacar adelante la legislatura, ahora que los nacionalistas les aprietan las tuercas, como para que otro partido con menos escaños aún tenga siquiera la osadía de intentarlo. Caso distinto sería si todos los grupos de la Cámara que forman parte de la oposición se coaligasen para sacar al PSOE del poder. Pero eso, a día de hoy, no está en el horizonte. De momento, lo que debe intentar el PP es irse acercando a los otros grupos, por difícil que sea. Y, mientras tanto, empezar a hacer oposición de verdad, con datos precisos y propuestas concretas. Con serenidad y seriedad, en una palabra: una receta indigesta para un Presidente maestro de la escena pero inconcreto y contradictorio, vaporoso y vacío de contenido, tan lleno de ocurrencias como falto de ideas y huérfano de conocimientos. Y sobre todo, el PP debe definir un proyecto que ilusione, con liderazgo e ideas. El resto sobra.

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