Antonio Hualde | Miércoles 17 de junio de 2009
El sur de Francia es un sitio delicioso para perderse. Gastronomía, paisajes e historia conforman una tentación difícil de vencer. De entre todos los lugares, hay uno en especial al que acuden cada año buscadores de tesoros de medio mundo, y más a raíz de la publicación del “El código Da Vinci”, de Dan Brown. Se trata de un pequeño pueblo llamado Rennes-le-Château, en pleno corazón del Languedoc. No tendría nada de particular de no ser por uno de sus párrocos, Bèrenger Saunière, que ocupó la rectoría entre finales del siglo XIX y principios del XX.
Se dice que el cura en cuestión, mientras se realizaban una serie de obras en el subsuelo de su iglesia, descubrió una serie de pergaminos antiguos cuyo contenido les confería un valor incalculable. A partir de ese momento, el padre Saunière amasó una considerable fortuna, de la que hacía ostentación en sus frecuentes viajes a París. Y por muchas misas que cobrase -el obispado le reconvino por ello-, era complicado que alcanzase un patrimonio económico como el que llegó a poseer. Lo cierto es que Saunière se tornó más huraño y misterioso, y nunca quiso hablar de su hallazgo. El broche final a su rocambolesca trayectoria lo puso el cura de un pueblo vecino que se negó a darle la extremaunción, espantado al oír la confesión de lo que había encontrado.
La historia no pasaría de ser una mera habladuría de provincias hasta que a mediados de los años 60 un falsificador francés, Pierre Plantard, se inventa una presunta relación entre el Priorato de Sión, el hallazgo de Saunière y el presunto linaje divino de los reyes merovingios, descendientes del mismísimo Jesús. A Dan Brown no le importó que Plantard fuese descubierto y condenado, ni tampoco que acabara por reconocer su fraude. Recopiló todo aquello como si fuera ciencia; en una palabra, se “documentó. Su “código Da Vinci” no tenía porque verse importunado por una incómoda verdad.
Y el caso es que hay materia para una buena historia. Cerca de Rennes-le-Château hay una finca particular con un montón de piedras. Pertenecen a un sepulcro muy antiguo que fue destruido por el dueño de la propiedad, harto de que su terreno se llenase de buscadores y aventureros. El sepulcro en cuestión aparecía en un cuadro pintado por Nicolas Pousin en el siglo XVII, “Los pastores de la Arcadia”. La leyenda del sepulcro y su ubicación, formando una serie de líneas geométricas con otras iglesias de la zona, le confieren un halo de misterio que aún hoy perdura. No hay que olvidar que fue en aquella zona donde tuvo su fin el movimiento cátaro. Carcasona y Montsegur lo atestiguan. Pero ahora poco se podrá encontrar. Las autoridades locales de Rennes-le-Château también han prohibido excavar en toda la villa. ¿Quedará algo por descubrir?
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