José Manuel Cuenca Toribio | Domingo 21 de junio de 2009
Según el diseño último en materia armamentística y aun geoestratégica del joven presidente ruso Dimitri Medvedev, la industria bélica de su país va a recibir en los años próximos un poderoso impulso. Los motivos expuestos por el actual ocupante del Kremlin responden al comprensible cuando no plausible deseo de acomodar el status de sus fuerzas armadas a la condición de gran potencia que con toda suerte de razones aspira a usufructuar la antigua nación de los zares, conforme, históricamente, ya poseyera bajo los Romanovs así como con los soviets. No obstante, a tenor de lo afirmado en las cancillerías occidentales, es el miedo del primer ministro ruso Vladimir Putin al avance arrollador de la OTAN por las repúblicas del centro y oriente de Europa, durante cerca de medio siglo estrechamente tuteladas por Moscú, la auténtica razón de la actitud adoptada en las esferas dirigentes de una de las tres naciones que modelaron con mayor alcance la historia del siglo XX.
La trayectoria de la centuria pasada muestra, en efecto, que a través de las formidables mudanzas que caracterizan su marcha a lo largo del novecientos, la Rusia de Nicolás II, de Stalin y Putin –llegado al poder en el año 2000, en sustitución calculada y pactada con el atrabiliario y algo genialesco Boris Yeltsin- poseyó, al igual que en los tiempos más calmos y sosegados de Pedro I, Catalina II, Alejandro I o Nicolás I, un común denominador: la defensa y expansión a ultranza de su territorio. Todas las políticas trazadas desde San Petersburgo o Moscú estuvieron presididas por esta indeclinable meta. Sometido periódicamente a partir del inicio de la edad moderna a la invasión de los ejércitos que, al correr de los últimos cuatrocientos años, marcaron la primacía en el tablero del Viejo Continente, el país durante largo tiempo más extenso del planeta segregó una conciencia patria doblada de un espíritu de supervivencia erigido en el principal eje vertebrador de su identidad.
Según se recordará, cuando tanto antes como, sobre todo, después de la primera contienda mundial ocupó lugar destacado en la literatura ensayística e histórica la psicología de los pueblos, “el alma rusa” figuró en ella como tema primordial al tiempo que principio inconcuso, de forma, así, opuesta a lo acontecido respecto a otras nacionalidades y pueblos. Con ello, autores y público rendían un exvoto admirativo al carácter e historia de un país dotado de una personalidad en todo tiempo muy singular y específica, dentro, por mucho que, a las veces, se afirme lo contrario, de unas coordenadas europeas bien señaladas. Al igual que España, con la que en numerosas ocasiones se ha trazado su afinidad en más de un extremo saliente, Rusia conquistó, con un esfuerzo guerrero y cultural plurisecular y encomiable, su pertenencia histórica a la península más grande del continente euroasiático. En esa lucha se forjó su idiosincrasia y sus episodios se moduló una cosmovisión de permanente presencia hasta el presente.
Sin Rusia la unidad europea será, a vueltas y revueltas bruselenses y de invidencias de los grandes centros de decisión occidentales, de todo punto imposible. La Historia, con su magisterio irrefragable, lo testimonia. Tras medio siglo del Tratado de Roma, la crisis actual atestigua que lo más importantes queda aun hacer. El edificio comenzó por construirse, como no podía ser de otro modo en la coyuntura de una guerra fría en periodo álgido, por la base material. Cuando se retome con igual entusiasmo que entonces la ardua e inesquivable empresa, el espíritu se impondrá; y el “alma rusa” habrá de comparecer para cimentarla sólidamente y darle pertinacia y refulgencia.
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