José María Zavala | Lunes 22 de junio de 2009
Iniciativa per Catalunya (ICV) ha introducido un irrisorio e inocente debate en el parlamento al sugerir que se regulen las retribuciones de los deportistas profesionales y se nieguen ayudas a las entidades que financien fichajes como el reciente de C. Ronaldo por 80 millones de libras. Los demás grupos de la cámara han mostrado cierta prudencia al calificar el traspaso de “poco estético”, o declarando la necesidad de realizar un “debate sereno” al respecto, al tiempo que valoraban la acción del club blanco como algo natural, propio del libre mercado. Hay quien llegó a sugerir que sea la UE quien se encargue de tomar la iniciativa.
¡Vaya! Ha tenido que venir la dichosa crisis a descubrirnos viejas verdades. Como siga iluminándonos tanto vamos a quedarnos ciegos. El nauseabundo negocio global de los deportistas profesionales no es, ni mucho menos, reciente. Pero, ahora que la economía flaquea, somos conscientes de que unos ganan mucho y otros poco, y nos parece feo. No se lo debió parecer todos estos años a los abonados de los grandes clubes y a quienes no dudaban en comprar camisetas para rescatar de las favelas a los ases del balón.
Pues ya se han encargado en el parlamento de recordarlo: el deporte no obedece ni más ni menos que a un mecanismo (con mayores o menores restricciones) que opera e impera en nuestro querido Occidente: el libre mercado. Y aunque no salgan los domingos en la tele, muchos ases de las finanzas (a veces los mismos que jugaron de forma irresponsable en el mercado financiero) cuentan con inmerecidos y desorbitados sueldos. Que los bancos y cajas financien la fabricación de armas de dudoso destino (por mencionar un proyecto de tantos) no es problema. Que los ricos del mundo puedan llevar a cabo sus extravagancias sin ser censurados es algo posible y cotidiano. Que el oro y los diamantes de Sierra Leona y el coltán del Congo produzcan tanto sufrimiento no es una exageración de nuestro sistema económico, sino más bien una necesidad. Ahora que falta el dinero, unos por envidia o necesidad, otros por morro u oportunismo, le pedimos al estado que meta mano.
Otro punto del debate me parece igualmente chistoso: sugerir que otras instituciones, como la UE, se encarguen de la regulación, lo cual equivale a un “quiero y no puedo”. Parece que Bruselas es la encargada de hacer todo el trabajo sucio, de tal forma que luego se le puede echar la culpa a ese misterioso ente tan desconocido, de alguna forma anónimo y paradójicamente apolítico. Acechados por los votantes, ningún miembro del hemiciclo se ha atrevido a decir que si supiese jugar al fútbol cual galáctico, no estaría ahí como un idiota hablando del tema. Se han limitado a reconocer que el Madrid se ha pasado un poco, pero qué le vamos a hacer.
Más aún, ninguno de nosotros tendría inconveniente en cobrar un sueldo de futbolista profesional. De hecho, es en cierto modo el “sueño español”, según el cual fantaseamos con hijos goleadores “para que nos saquen de pobres”. Hemos aprendido la lección: es “poco estético” que los demás ganen mucho dinero trabajando tan poco.
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