José Antonio Sentís | Martes 23 de junio de 2009
Sólo la infinita generosidad del pueblo español es capaz de evitar que sea Zapatero el primero en ocupar la fila de los cuatro (para cinco) millones de parados. Porque el desconcierto del Jefe del Gobierno, extendido como el virus de la gripe A por todo su Gobierno y por su Grupo Parlamentario, es, a estas alturas de la crisis, definitivamente clamoroso.
Es cierto que Zapatero ha decidido ponerse torero en su periplo africano, porque no tiene pinta de que le guste que le afeen en público, y el cachete que recibió del gobernador del Banco Central Europeo fue bastante sonoro. Y, por eso, le ha dicho con palabras que se recordarán, y no en su beneficio, que los expertos pueden decir lo que quieran, pero que el que gobierna es él.
Claro que los expertos a los que Zapatero se refiere son el citado Trichet y su propio gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez. Y, si el segundo es controlable, el primero es bastante independiente. Y, de depender, lo haría de Francia y Alemania, no de La Moncloa. Por lo que puede ponerse bastante borde. No contra Zapatero, porque eso es irrelevante, sino contra los intereses de España, cuya soberanía monetaria (y convendría que Zapatero lo recordara) no reside en nuestros predios, sino en la Unión Europea. Y no lo haría por nada personal, sino por los datos objetivos de la catastrófica gestión económica del Gobierno Zapatero.
Pero, mientras éste juega con fuego al desoír con absoluta chulería las recomendaciones de la autoridad monetaria europea (y nacional) sobre el mercado de trabajo español, los suyos en el Gobierno y en el Parlamento dan palos de ciego.
La muestra, el espectáculo parlamentario del PSOE de este martes, aceptando en primer término una enmienda de IU para subir los impuestos a los “ricos” (según su IRPF) y quitarles las gabelas zapaterescas (los 400 euros y el cheque bebé), además de acosar a los futbolistas millonarios, para, pocas horas más tarde, retirar su apoyo a la citada enmienda. Pero, y esto es la cumbre del desconcierto, no porque no le pareciera bien esta medida populista-izquierdista. Sino porque, ni con el apoyo a la enmienda de IU conseguía garantizar el voto favorable de los comunistas a la definición del techo presupuestario del Estado.
Es decir, Zapatero y sus diputados no saben qué hacer: ¿Perseguimos a los ricos? ¿Pero, a qué ricos estamos persiguiendo? Porque, digo yo que hasta Zapatero debe saber que las rentas declaradas más altas en el IRPF son en su inmensa mayoría de trabajadores con nómina, pero ahí no pillas ni por asomo a los “ricos ricos”, que tienen sistemas muy elaborados de exención fiscal.
Y lo de pillar futbolistas tampoco parece el momento, con la ilusión que hay por ahí sobre la llegada de ese gran futbolista y eventual modelo de elegancia que es Cristiano Ronaldo. Y lo que le faltaba a Zapatero es que le dijeran que él, que es del Barcelona, la emprende con un fichaje del Madrid de Florentino Pérez.
En ésas está Zapatero y su Gobierno. Puede cambiar el modelo fiscal a cambio de dos votos en un debate parlamentario, lo que parece el colmo de la frivolidad. Puede enfrentarse con el Banco Central Europeo, lo que indica una vocación suicida. Puede gestionar una crisis a la espalda de los empresarios y en manos de los sindicatos (especialmente UGT), lo que directamente sugiere un desajuste neuronal grave.
Pero ahí está Zapatero, más chulo que un ocho, diciéndole a Trichet que quien gobierna es él. Y el problema es que, desgraciadamente, ya lo sabíamos, pero lo que no sabemos todavía es si quiere gobernar con los ricos o contra ellos, con los comunistas o sin ellos, con los nacionalistas o frente a ellos, con la Unión Europea o fuera de ella. Que no sabemos, en suma, si tiene tanta vocación social de apoyo a los débiles, a los necesitados y a los parados, que le gusta fabricarlos.
Y, si ni él mismo lo sabe, cómo lo van a saber Elena Salgado, Miguel Sebastián, José Antonio Alonso o Bibiana Aído (que no tiene que ver en esta historia, pero siempre es divertido citarla). Y menos el director del Centro Nacional de Inteligencia, que no está como para enterarse de mucho, pues lo de la Inteligencia del Estado empieza a parecer un término contradictorio con el Gobierno Zapatero.
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