Juan Federico Arriola | Domingo 28 de junio de 2009
“Los oráculos no han dejado de hablar, los hombres hemos dejado de escucharlos.”
Georg Christoph Lichtenberg
Los hombres necios se caracterizan por no escuchar, no tienen capacidad de diálogo y menos aún apertura para entender que hay otros con derechos iguales. Los necios quieren imponer su caprichosa voluntad por todos los medios.
Los terroristas en España y los narcotraficantes en México son delincuentes que ponen en riesgo la paz pública, el progreso, el Estado de Derecho y la vida democrática. Si los Estados español y mexicano bajaran los brazos en sus respectivas luchas contra el terrorismo y el narcotráfico, todos los avances y sacrificios quedarían en la nada, en el reino del nihilismo y la desesperación.
Si bien el terrorismo y el narcotráfico son dos conductas criminales diferenciadas, tienen elementos en común. El primero, ante la falta de argumentos recurre a la violencia cobarde, en el chantaje, en el escondite, en resumen en la propagación del terror ante una sociedad amenazada. El segundo es un problema de cobertura internacional. México es vecino del mayor consumidor de drogas y exportador de armas de todos los calibres. La corrupción en México desde hace décadas ha servido como planta enredada en las paredes de la impunidad.
Frente a lo que se pudiera pensar sin mayor reflexión, podría parecer el terrorismo más violento que el narcotráfico, no es así. El terrorismo etarra ha causado la muerte de casi 830 personas en 41 años, mientras que el narcotráfico cobra vidas por todas partes: drogadictos cuyas vidas se esfuman muy pronto, policías, periodistas, políticos y también claro, matones de todos los bandos. Sólo en 2008 en Ciudad Juárez, la criminalidad organizada (tratantes de personas, secuestradores y narcotraficantes) es responsable de la muerte de más de 1000 personas. El derramamiento de sangre en México en los últimos cinco años es mayor ya que las muertes en Iraq desde la invasión de los ejércitos estadounidense y británico.
Los terroristas dicen tener ideología, pero sus mentes y sus prácticas están lejos de la democracia y de una cultura de derechos humanos. Los narcotraficantes son gente que en poco tiempo han acumulado fortunas impresionantes. Los simpatizantes de los terroristas son escasos aún sólo en el País Vasco. Los cómplices del narcotráfico no tienen ninguna ideología acaso tampoco ninguna educación, son pragmáticos, su dios es el dinero y por él mueren y por él se matan.
Terroristas y narcotraficantes se convierten en temas de la Criminología, son individuos que en su obsesión quieren arrastrar a sus comunidades y países al caos de la violencia. Detrás de ellos está el terrible negocio de las armas, principal enemigo del pacifismo, la razón pura y la razón práctica. Si los Estados español y mexicano no van al fondo de estos terribles problemas, serán los derechos humanos los que paguen el costo de la infamia.
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