Domingo 28 de junio de 2009
La detención en Usúrbil de un comando etarra esta pasada semana ha permitido conocer los planes inmediatos de la organización terrorista. De haberse realizado más tarde la operación policial, seguramente habría que lamentar alguna víctima mortal más, ya que los detenidos tenían pensado asesinar en breve a varios miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Iba a ser en Irún, aunque la localización geográfica en cuestión es irrelevante -salvo para Carod Rovira, quien arrancó a ETA el compromiso de no atentar en Cataluña, sin importarle lo que sucediera en el resto de España-, por cuanto los terroristas atentan dónde y cuándo pueden.
También ha podido saberse que el entramado etarra tenía pensado secuestrar a ingenieros que participan en el proyecto ferroviario de la alta velocidad vasca. Las concesiones y errores cometidos con ocasión de la central nuclear de Lemoniz y la autovía de Leizarán, deberán servir de lección en el caso del AVE vasco. Y, como todos los años por estas fechas, los terroristas volverán a amenazar a los municipios costeros del levante español. ¿Diversificación de frentes? Más bien focalización en uno sólo: España en su conjunto. La irracionalidad de una organización criminal enferma de odio y estulticia hace que sus actos se dirijan erga omnes, sin importarle a quién arruina la vida en su delirio secesionista. El veredicto es claro: cuantos menos votos, más tiros.
Si algunos se detuviesen un momento en analizar la trayectoria criminal de ETA y viesen la cantidad de objetivos contra los que han atentado, quizá descubrirían que ni el más radical de los nacionalismos puede amparar el comportamiento de semejantes desalmados. Esos mismos tal vez debería recapacitar del daño que hace a ETA la labor policial y, por el contrario, el oxígeno que le proporciona la posibilidad de sentarse a negociar sabe Dios qué. Y, sobre todo, en nombre de no se sabe quién: porque los ciudadanos españoles no han delegado, con su papeleta de voto, la representación de su vida y libertad personales que, por su esencia individual, son de naturaleza indelegable e innegociable. Pero negociar a punta de pistola un acuerdo que, por esa razón, nacería viciado y siempre sería trampolín para nuevas exigencias de los insaciables, es el deseo que alimenta las esperanzas de los eusko-nazis. Tan es así que, en todos sus comunicados, la banda terrorista clama por la vuelta a la negociación, sabedora de que carece de otra propuesta. Por eso, ahora más que nunca, se impone dar una imagen –y proyectar una realidad- de firmeza que disuada a ETA de plantearse la posibilidad de que, con sus actos, puede forzar una hipotética vuelta a un diálogo de capucha y pistola. Corresponde a Zapatero manifestar públicamente -por poco que le guste- que España no negocia con criminales, por muy nacionalistas que sean. En el momento que ETA pierda toda esperanza, se habrá empezado a ganar la batalla contra el terror. En manos de este y de los venideros gobiernos españoles está.