Domingo 28 de junio de 2009
El anuncio de la destrucción de los arsenales de los dos principales grupos paramilitares norirlandeses, la Fuerza de Voluntarios del Ulster (UVF) y el Comando de la Mano Roja (RHC), es una bocanada de aire fresco en el enrarecido ambiente político de Irlanda del Norte. Parece que también el tercer grupo unionista en discordia, la Asociación de Defensa del Ulster (UDF), estaría en disposición de destruir su armamento bajo supervisión de la Comisión Internacional Independiente de Decomiso, quien ya hace cuatro años supervisó el desarme del IRA.
Este retraso de los terroristas unionistas a la hora de entregar las armas ha sido uno de los detonantes del rebrote de violencia de hace algunos meses, cuando grupúsculos escindidos del IRA atentaron contra intereses británicos. Precisamente por eso, Londres había presionado, discreta pero insistentemente, para lograr que los paramilitares culminasen su reforma. Así, se completaría otra fase más del exitoso proceso iniciado por Tony Blair durante su mandato y que cristalizó en los Acuerdos de Viernes Santo, que sentaban las bases para una paz largamente buscada en Irlanda del Norte. La tenacidad del entonces Primer Ministro, así como la enorme valía de personas como Mo Mowlam, principal valedora de los Acuerdos, hicieron posible la paz.
Dicho lo cual, conviene recordar que hay situaciones difícilmente extrapolables, y ésta es una de ellas. El conflicto por Irlanda del Norte hunde sus raíces en un largo enfrentamiento político-religioso entre la república de Irlanda y Gran Bretaña, cerrado en falso con el Tratado Anglo Irlandés de 1921 en el que se creaba el conocido como Estado Libre Irlandés. Aquel desaguisado fue arreglado, a raíz de los mencionados Acuerdos de Viernes Santo, gracias a la voluntad de todos por salir adelante. Yerran quienes sacan a colación el “ejemplo irlandés” para obtener rendimientos políticos. Irlanda es Irlanda. Y lo único extrapolable es la sensatez que, a fuerza de años de violencia, ha acabado por imperar en su clase política, algo que sí sería deseable que se pudiera exportar, incluyendo la firmeza de todos los gobiernos británicos, sin importar el partido, a la hora de imponer, con una suerte de “disciplina inglesa” un mensaje que todos los irlandeses han terminado por entender: “a más violencia, menos autogobierno”.