Opinión

Turquía: ruido de sables, otra vez

Javier Rupérez | Lunes 29 de junio de 2009
Han sido cuatro –en 1960, 1971, 1980 y 1997- las veces en que las fuerzas armadas turcas han intervenido directamente en el proceso democrático del país. Con métodos variados, que han oscilado desde la ejecución del primer ministro Demirel en 1960 hasta el menos traumático denominado “golpe del memorando” en 1997, los militares turcos han creído su obligación interrumpir el desempeño normal de la vida politica parlamentaria cuando han estimado amenazadas los valores con que Mustafa Kemal Ataturk fundó la república a principio de los años veinte del pasado siglo. Entre ellos, y muy principalmente, el secularismo, garante de la separación entre la mezquita y el estado en un país de aplastante mayoría musulmana y nunca del todo olvidado de los tiempos del Imperio Otomano, cuando el sultán de Istanbul reinaba sobre cuerpos y almas de la sociedad de los creyentes islámicos.

En estas últimas semanas se han vuelto a oír en Turquía rumores de golpe militar que, aunque mitigados, hacían estado de un supuesto plan concebido en el estado mayor del ejército para derrocar al actual primer ministro Erdogan, de convicción islamista moderada, y con la finalidad adicional de desprestigiar al influyente movimiento fundado y dirigido por el predicador Fehtullah Gulen, cuyos miembros permean muchos sectores de la sociedad turca y cuyas simpatías se encuentran en la órbita del partido del primer ministro. El pretexto del plan, que no parece haber superado un estado embrionario y del que incluso sectores laicos sospechan de su mera existencia, seria de nuevo la inclinación de Erdogan hacia formas neo confesionales. Erdogan, cierto es, no oculta sus convicciones, aunque practica una politica centrista y eficaz, que ha estimulado de manera evidente el crecimiento y la pujanza económica del país. Como tambien es evidente que en el curso de los últimos decenios la sociedad turca se ha tornado más visiblemente confesional de lo que posiblemente Ataturk hubiera querido: con una mezquita por cada trescientos cincuenta habitantes Turquía tiene el porcentaje más alto de centros de oración de todo el mundo islámico. Aunque ello sea compatible con el funcionamiento de una sociedad vivaz, plural y, en grandes líneas, tolerante.

En de la constitución de 1982 los militares se garantizaron un papel central en la vida politica del país, tanto en la afirmación de los principios laicos –“no habrá ninguna ingerencia de los sagrados sentimientos religiosos en el estado y en la vida política”, dice el texto- como en su misma participación en los procesos decisorios a través de su presencia en el Consejo Nacional de Seguridad. Es precisamente esa anómala capacidad decisoria del cuerpo militar en la política del país uno de los temas que provoca recelos y desconcierto en los miembros de la Union Europea a la hora de considerar la adhesión de Turquía. Y son tambien esos preceptos constitucionales los que Erdogan desearía modificar para dotar al país de unos textos legales en línea con los que rigen la vida politica de las democracias europeas. Sus partidarios mantienen que ello es parte del proceso de modernización y europeización del país. Sus adversarios lo describen como un intento más para profundizar en la islamización del mismo. Así se produce la paradoja de un partido islamista que propugna la adhesión europea y una oposición laica que la rechaza.

Ese complicado juego de poder entre un estamento militar no elegido y autodesignado garante de las esencias republicanas y un partido político que cuenta con un mayoritario respaldo popular y sospechoso sin embargo de intentar dinamitar aquellas viene dominando la vida turca casi desde el momento fundacional. La presencia en el gobierno desde 1997 de partidos de inspiración islamista no ha hecho más que agudizar las dudas del juego. Pero sea cual sea la finta del último minuto, bien harían los turcos en mantener sin interrupciones la continuidad del proceso democrático y, por supuesto, aceptar sus consecuencias. Las tentaciones kemalistas en el siglo XXI no tienen cabida en la Turquía que se pretende europea y en la Europa a la que una buena parte de la población querría pertenecer.

Queda la debatida y delicada cuestión de la eventual pertenencia turca a la UE. Mientras Francia y Alemania repiten su mostrenca negativa, mirando sobre todo a la enrarecida clientela domestica, Turquía pretende seguir cerrando capítulos de la negociación y muestra no sin complacencia los éxitos recientes de su desarrollo económico y de su influencia exterior. ¿Puede permitirse Europa decir definitivamente que no a ochenta millones de habitantes que han puesto en la pertenencia sus mejores aspiraciones? Merece una reflexión.

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